
¿Se puede sentir ansiedad anticipatoria antes de que pase algo malo?
Van seis preguntas que me hacen todo el tiempo sobre esto, casi siempre las mismas, así que las respondo juntas acá en vez de ir repitiendo el tema de a poco en cada nota. Lo que en la jerga llaman ansiedad anticipatoria es ese apriete que llega antes de que pase nada, no después, y es de lo que más me escriben cuando hablo de salud mental, manejo del estrés y bienestar emocional acá en Taller Calma. No tengo una fórmula mágica ni un método con pasos numerados para vender; esto es lo que fui probando de a poco, comparado con lo que enseña algún curso online sobre el mismo tema.
Sí, se puede, y es más común de lo que pensás. Laburo en operaciones de una empresa de logística: planillas, llamados, el mismo escritorio hace rato. Antes de una reunión de directorio, antes de un trámite pavote o un domingo cualquiera a la noche, me aparecía ese nudo en la boca del estómago sin que hubiera pasado nada todavía. El camión no se había roto, el cliente no se había quejado, las cuentas cerraban, pero el cuerpo ya estaba en alerta, corriendo una película que todavía no se había filmado. Lo primero que me sirvió fue nombrarlo así, sin buscarle una causa real todavía: "esto es el cuerpo adelantándose", y con solo decirlo la marcha ya bajaba un poco.
El error de respirar hondo sin saber cómo
Ojo con esto, porque a mí me salió mal. Probé respirar hondo sin conocer ninguna técnica real, nada más que inflar el pecho fuerte y rápido, convencido de que así se me iba a pasar antes de encarar algo que me tenía nervioso, y terminé encerrado en el baño de la oficina, hiperventilando, con más miedo todavía del que tenía al principio. Ahí entendí que "respirar hondo" a secas, sin ningún orden detrás, puede jugarte en contra en vez de calmarte: si te agarra algo parecido, más vale parar un momento antes que seguir empujando el aire. Después conocí algo más armado, lo que en cursos y guías llaman respiración diafragmática —una forma puntual de usar el aire, no simplemente inflar el pecho—, pero esa es una historia que ya cuento aparte en otra nota.
Pelearle al miedo antes de que llegue no sirve
Lo primero que uno intenta es apagar el miedo a la fuerza, y ahí es donde se complica más todavía. Te decís a vos mismo que pares, que no pasa nada, y es como pelear contra tu propia sombra: cuanto más la empujás, más grande se pone. En un curso que hice por esos meses explicaban esto con lo de la amígdala cerebral, aunque a mí lo que me cambió las cosas no fue entender la teoría sino dejar de tratar la sensación como un enemigo: nombrar lo que sentís y seguir con lo que estabas haciendo, aunque el nudo siga un rato ahí, funciona mejor que pararte a pelear con él. Si te interesa el trasfondo completo de cómo fui bajando ese estado de alerta permanente, ya lo conté aparte en lo que aprendí para relajar el sistema nervioso tras semanas de estrés.
Frenar no funciona; probé ir para el otro lado
Acá viene la parte rara, pero es la que más me sirvió. En vez de pedirle al cuerpo que se calme, un módulo de ese mismo curso proponía lo contrario: amplificar la sensación a propósito, para sacarle el aire al asunto. La próxima vez que el corazón se te acelera antes de algo que te da miedo, en vez de suplicarle que pare, probá decirle "dale, mandame más". Suena a locura, pero cuando le pedís voluntariamente al cuerpo que haga lo que ya estaba haciendo solo, el sistema se queda sin mucho para responder. En el curso llaman a esto quedarte dentro de tu ventana de tolerancia; a mí, en la práctica, me sirvió más empujar un poco el borde que evitarlo del todo.
Con las mañanas pasa algo parecido. Me levantaba con la cabeza ya a mil, la lista de problemas que todavía no existían pasándome factura antes del primer mate. Dicen que tiene que ver con el cortisol, pero no me puse a estudiar biología para esto: simplemente aprendí a notar la sensación apenas aparecía, en vez de dejar que se armara sola durante toda la mañana.
Fijate cuándo el cuerpo afloja solo
Una tarde, todavía con el auto en marcha frente a Plaza Independencia, antes de encarar algo que me venía preocupando hacía días, sentí que los hombros se me aflojaban solos contra el respaldo del asiento, sin que yo hiciera nada especial para lograrlo. Fue apenas un segundo, pero quedó grabado: la calma no siempre llega porque uno la persigue, a veces aparece justo cuando dejás de perseguirla. Por eso ahora, en vez de mirar el reloj para ver si "ya se me pasó", me fijo en el cuerpo mismo —hombros, mandíbula, manos— porque ahí avisa antes que la cabeza. En la oficina tengo un compañero, Martín Perrone, que suele ser el primero en darse cuenta cuando el ambiente se pone pesado entre todos; a veces con verlo fruncir el ceño ya sé que el día viene torcido, y casi nunca se equivoca. Si lo tuyo aparece siempre atado a una situación puntual del laburo, ya escribí en detalle cómo fui perdiendo el miedo a sufrir ataques de pánico en la oficina, metiéndome de a poco con lo que en el curso llaman exposición interoceptiva.
¿Cuándo esto ya no se maneja solo en casa?
Buena pregunta, y la respuesta corta es: cuando notás que ningún truco te alcanza y el miedo te empieza a cerrar opciones de verdad, como dejar de ir a algún lado, evitar una llamada, postergar algo importante una y otra vez, ahí conviene pedir ayuda de un profesional en vez de seguir probando técnicas por tu cuenta. Un pibe del foro del curso, Tomás Andrade, escribió una vez que había dejado de hacer los ejercicios de respiración porque le generaba más ansiedad anticipar el ejercicio que el problema real, y contarlo así, sin vueltas ni maquillaje, me sirvió más que cualquier testimonio de que todo funcionó de una. Hablé con un profesional en su momento y fue parte importante de salir del pozo; no hay ningún mérito en aguantársela solo, y ninguna técnica de estas reemplaza esa conversación cuando las cosas se ponen pesadas de verdad.
No tengo una fórmula prolija con pasos numerados para esto, y sospecho que nadie la tiene en serio. Lo que sí tengo es la costumbre de notar el nudo apenas aparece y tratarlo como lo que es, una alarma un poco exagerada, no una sentencia sobre lo que va a pasar. Si te interesa seguir tirando del hilo, conté un poco más de ese proceso en cómo superar ataques de pánico sin medicación tras años de estrés. Y si en algún momento sentís que esto te supera, no lo dejes pasar: hablalo con alguien que sepa del tema.
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