
Eran las diez de la mañana de un martes de mucho calor y el Excel de los despachos a Buenos Aires empezó a vibrar. No era el monitor, era yo. Sentí que el aire me llegaba hasta la mitad de la garganta y se pegaba la vuelta, como si los 746 metros sobre el nivel del mar de Mendoza se hubieran convertido de golpe en la cima del Everest.
Estábamos por arrancar la reunión de equipo y yo lo único que quería era salir corriendo al baño o al estacionamiento. Antes de seguir con lo que hice, te aclaro una cosa: cuando nombro algún curso o recurso, a veces el enlace lleva un seguimiento de Hotmart. Si te anotás desde ahí, la plataforma me reconoce una comisión y a vos no te sale ni un peso más. Acá no vas a encontrar nada que no haya probado yo primero; si no me sirvió para aguantar un lunes de logística, no te lo cuento. Y lo más importante: no soy médico ni psicólogo, soy un tipo que labura en un escritorio igual que vos. Si sentís que el pecho se te cierra seguido, hablá con un profesional de verdad, como haría yo si la cosa se pone espesa.
El círculo vicioso del miedo al miedo
Desde mediados de agosto pasado, mi vida en la oficina de logística se había vuelto un campo minado. Cada vez que sentía un latido un poco más fuerte o me transpiraban las manos, pensaba: "Acá viene otra vez". El miedo al miedo es peor que el pánico mismo, porque te quita la libertad antes de que pase nada. Pasé meses evitando el café, que me encanta, y buscando excusas para no entrar a reuniones largas por puro terror a que el corazón se me disparara en público y todos se dieran cuenta de que el pibe de operaciones estaba colapsando.
Tenía esa sensación constante de que algo malo iba a pasar. Un ataque de pánico no avisa, pero el cuerpo te va tirando pistas que uno lee como si fueran sentencias de muerte. Me pasaba que sentía ese vacío repentino en el estómago, como si el ascensor se cayera un piso, justo antes de que el pecho se cierre. En esos momentos, mi primera reacción siempre era huir. Pensaba que si salía de la oficina, el pánico se quedaba ahí adentro, encerrado entre los biblioratos y las planillas.
Por qué escapar de la oficina es la peor idea
Durante las fiestas de diciembre, cuando el laburo se pone más pesado que nunca, entendí algo que me cambió el panorama. Cada vez que yo salía corriendo al baño para que nadie me viera temblar, le estaba mandando un mensaje a mi cerebro: "Este lugar es peligroso, hiciste bien en escapar". Y así, la oficina se volvía un lugar cada vez más hostil. El curso Sin Ansiedad y Pánico explicaba justo eso: que el pánico es una respuesta física mal calibrada, una alarma de incendio que suena cuando alguien está prendiendo un pucho.
Lo que me costó horrores aceptar es que la verdadera superación ocurre cuando te quedás. Sí, así de bruto como suena. Tenés que quedarte ahí, sentado frente al monitor, mientras sentís que te morís. Es una porquería, no te lo voy a negar. Pero si te quedás y ves que después de diez minutos (que es lo que suele durar el pico máximo de estas crisis) no te moriste, tu cerebro empieza a entender que el escritorio no es el enemigo. Si querés profundizar en cómo manejar esos momentos de falta de aire, a mí me sirvió mucho leer sobre qué hacer cuando sientes opresión en el pecho por el estrés del laburo.
La técnica del anclaje en medio del caos
Después de unas tres semanas en marzo de darle vueltas a los módulos de los cursos, tuve mi prueba de fuego. Hubo un cruce muy picante con un proveedor de transporte por un camión que se había quedado varado en alta montaña. Los gritos se escuchaban hasta en la cocina. Sentí que se me venía la ola: el calor en el cuello, la vista nublada y el contacto frío del borde metálico del escritorio contra mis palmas sudorosas mientras intento recordar cómo era respirar profundo.
En lugar de pedir permiso y salir, me agarré fuerte de ese borde metálico. Me dije: "Damián, quedate acá. Sentí el frío del metal. No te muevas". Apliqué una técnica de anclaje que había visto en uno de los videos. Me enfoqué en tres cosas que podía ver: el calendario de la pared, la taza de café vacía y el reflejo del sol en la ventana. Por primera vez en casi un año, noté que la ola de ansiedad subió, llegó a su punto más alto y empezó a bajar sola, sin que yo tuviera que salir corriendo a ningún lado. Me quedé ahí, laburando, con el corazón todavía un poco acelerado, pero dueño de mi silla.
Resetear los hábitos para no vivir en alerta
Entender el pánico en el momento es clave, pero para que no vuelva, tuve que cambiar el fondo. No podés pretender estar tranquilo si vivís a base de yerba mate recalentada y dormir cuatro horas. Un lunes por la mañana el mes pasado me di cuenta de que mi forma de habitar la oficina había cambiado. Ya no entraba mirando dónde estaba la salida más cercana.
Lo que más me ayudó a bajar los decibeles generales fue Reset Mental. Es un programa que tiene una calificación de 4.6 de 5 estrellas en Hotmart, y entiendo por qué: no te tira teorías raras, sino que te ordena el día. Empecé a meter caminatas cortas, a cuidar el descanso y a entender que el estrés es parte del laburo, pero el pánico es opcional. Si te interesa mi proceso completo con eso, podés chusmear mi experiencia con Reset Mental para bajar el estrés del laburo diario.
Cosas que me funcionaron (y las que fueron puro humo)
- Lo que sirvió: Quedarme en el lugar cuando sentía el síntoma. Es durísimo pero es lo único que rompe el miedo.
- Lo que sirvió: Tener un objeto de anclaje (en mi caso, el borde frío del escritorio o una piedra lisa en el bolsillo).
- Lo que fue humo: Esas aplicaciones que te dicen "respirá con la burbuja" en medio de un ataque de pánico. En ese momento no podés ni mirar el celular, necesitás algo más físico y real.
- Lo que sirvió: Aceptar que el viento Zonda me pone más irritable y ansioso. En Mendoza sabemos que cuando baja el Zonda, el aire se ioniza y nos altera; aceptarlo me quitó la culpa de sentirme mal esos días.
La oficina sigue igual, pero yo no
Ayer salí de la oficina y me fui a caminar por el Parque San Martín al atardecer. Miraba los portones y pensaba que la logística sigue siendo un caos, los camiones se siguen atrasando y mi jefe sigue siendo un tipo difícil. El entorno no cambió nada, pero mi respuesta sí. Aprender a perderle el miedo a los síntomas físicos en el lugar donde ocurren es como recuperar un territorio que te habían quitado.
Si estás pasando por esto, fijate que hay herramientas. El curso Sin Ansiedad y Pánico es un buen punto de partida porque se enfoca justo en ese momento donde sentís que te morís en el escritorio. No es magia, es práctica. Y de nuevo, si ves que la situación te desborda y no podés ni sentarte frente a la compu, haceme el favor y buscá un terapeuta. Yo lo hice en su momento y fue lo que me dio la base para después poder aplicar todo esto.
Al final del día, se trata de volver a confiar en que tu cuerpo sabe qué hacer, incluso cuando te quiere convencer de lo contrario. No dejes que el miedo te saque de tu lugar. Quedate ahí, respirá como puedas y esperá a que pase la ola. Siempre pasa.
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