Taller Calma

Cómo manejar la ansiedad en la oficina para gente con mucho trabajo

2026.06.13
Cómo manejar la ansiedad en la oficina para gente con mucho trabajo

Eran pasadas las diez de una mañana de lunes en pleno agosto, de esas donde el frío de Mendoza te cala los huesos apenas bajás del micro. Estaba frente al monitor, con una planilla de Excel que parecía no terminarse nunca, y de repente los números empezaron a vibrar. No era el monitor, era yo. Sentí el frío del metal del escritorio contra mis palmas sudorosas mientras trataba de que nadie notara que me estaba faltando el aire. El aire en la oficina de logística se sintió de repente insuficiente, como si alguien hubiera cerrado todas las rejillas de ventilación y me hubiera dejado solo con el ruido de los camiones de fondo.

Trabajo en operaciones. Mi día a día son remitos, llamados a choferes que se quedaron trabados en alta montaña y planillas de seguimiento. No es un laburo tranquilo, pero durante años lo llevé bien. Hasta que un día el cuerpo dijo basta. Esa mañana de agosto fue el primer aviso serio. Me quedé ahí, petrificado, mirando un rincón de la oficina mientras sentía que el corazón me zapateaba en la garganta. Si alguna vez sentiste que el pecho se te cierra justo cuando suena el teléfono, sabés de qué te hablo. No soy psicólogo ni tengo un título colgado en la pared, solo soy un tipo que tuvo que aprender a no desarmarse en medio del quilombo diario.

El ruido de la logística y el silencio que no llega

En una empresa de logística mediana, la paz es un concepto abstracto. Todo el tiempo hay algo que falta, algo que sobra o algo que se rompió. En Mendoza, cuando el Zonda sopla o cuando la nieve corta el paso a Chile, la oficina se vuelve una olla a presión. Yo estaba acostumbrado a ese ritmo, o eso creía. Pero empecé a notar que ya no era solo el estrés del laburo, era algo más físico. Ese 'clic' seco en la garganta que me impedía tragar saliva cada vez que el jefe de transporte entraba a mi oficina con una carpeta roja se volvió moneda corriente.

Fijate que uno trata de caretearla. Te servís un café, mirás la pantalla, pero por dentro estás calculando cuánto falta para que el pecho te explote. El curso que estaba haciendo en ese momento por Hotmart hablaba mucho de 'encontrar tu centro' y de 'visualizar un lugar calmo'. Yo intentaba visualizar un bosque, pero lo único que me venía a la cabeza eran las medidas de un pallet estándar (Europallet), ese de 1200 x 800 mm que tenemos apilados por cientos en el depósito. La teoría zen está buenísima, pero cuando tenés tres transportistas gritándote por el equipo de radio, el bosque te queda medio lejos.

Manos sobre un escritorio de metal frío con remitos de transporte

Cuando la meditación en el escritorio sale mal

Después de unas tres semanas de práctica constante, intenté aplicar lo que decía el módulo dos del curso: meditar diez minutos en el escritorio. Fue un desastre. Me puse los auriculares, cerré los ojos y traté de concentrarme en la respiración. A los dos minutos, mis compañeros empezaron a discutir sobre un flete atrasado que venía de Buenos Aires. El contraste entre la voz suave del instructor y los gritos de '¡pero no me podés mandar un térmico para esto!' me puso más nervioso todavía.

Ahí entendí que intentar forzar la calma en un ambiente que no es calmo es como querer apagar un incendio con un rociador de plantas. Me sentía un inútil porque no podía 'conectar'. Pero el problema no era yo, sino la herramienta. El curso me decía que hiciera pausas activas cada veinte minutos para estirar y respirar, pero eso me generaba una ansiedad galopante. ¿Por qué? Porque cada vez que cortaba lo que estaba haciendo para 'relajarme', perdía el hilo de lo que estaba procesando y sentía que el trabajo se me amontonaba atrás. La pausa, en vez de darme aire, me robaba tiempo.

El hallazgo: micro-pausas y el poder del hiperenfoque

Acá es donde me puse un poco contrera con lo que dicen los manuales típicos de bienestar. Empecé a notar que, para mi cabeza, era mucho más calmante meterme de lleno en una tarea difícil que estar cortando a cada rato. Hay algo que se llama ritmo ultradiano, que básicamente son ciclos de energía y descanso que duran unos 90 minutos. En vez de la técnica Pomodoro de 25 minutos que me volvía loco, probé trabajar en bloques largos de una hora y media.

Resulta que el hiperenfoque, cuando lográs meterte en la 'zona', actúa como un escudo. La ansiedad se alimenta de la incertidumbre y de saltar de una cosa a la otra. Cuando me obligaba a estar 90 minutos concentrado solo en los despachos de la tarde, el ruido de la oficina desaparecía. No era una meditación sentadito con los ojos cerrados; era una meditación en movimiento, con los ojos puestos en la gestión. Al final de ese bloque, sí, salía a caminar por el depósito. Ver el movimiento real de los camiones, oler el gasoil, caminar entre los racks... eso me bajaba a tierra mucho más que cualquier ejercicio de visualización.

Vista de un depósito con pallets desde una oficina vidriada

La respiración que por fin me hizo clic

Un martes de calor sofocante en noviembre, cuando el aire acondicionado de la oficina decidió jubilarse, tuve otro episodio. Sentí que el aire no pasaba. Me acordé de una técnica que mencionaba un video que vi, la técnica de respiración 4-7-8, que es un protocolo estándar que armó un médico de afuera. La había probado mil veces y siempre me sentía un tonto contando segundos mientras me ahogaba. Pero ese día, en el baño de la oficina, me apoyé contra los azulejos fríos y lo hice de verdad: inhalar en 4, aguantar en 7, exhalar en 8.

Lo hice tres veces seguidas. No es magia, no te convertís en un monje tibetano, pero sentí cómo el 'clic' en la garganta se aflojaba un poquito. Lo que pasa, según leí después (traduciéndolo al criollo), es que esto estimula el nervio vago, que es como el freno de mano del cuerpo para el estrés. En la logística, si no tenés frenos, te estrellás. Con el cuerpo es igual. Aprendí que esas micro-pausas de menos de un minuto, hechas en el momento justo, servían más que cualquier retiro espiritual de fin de semana.

Caminar el depósito como terapia

Hacia finales de marzo, ya con el otoño asomando en Mendoza, empecé a usar el depósito como mi lugar de descarga. Cuando sentía que la planilla de Excel me empezaba a marear, me levantaba. No me iba a fumar ni a tomar café (que para la ansiedad es como echarle nafta al fuego), me iba a dar una vuelta por donde están los pallets. Hay algo en la escala de lo físico, en ver que un camión de 30 toneladas se mueve porque yo apreté un botón en el sistema, que me devolvía la sensación de control.

El curso decía que había que evitar los disparadores de estrés. ¡Pero mi laburo es un disparador de estrés constante! Así que en vez de evitarlo, aprendí a convivir con él usando estas herramientas chiquitas. Ya no buscaba la calma total, buscaba no desbordarme. Entendí que el pico de cortisol, esa hormona del julepe, suele estar bien arriba apenas nos despertamos y se mantiene un rato. Por eso, las mañanas son lo más duro. Si lograba pasar la primera hora de la oficina sin enroscarme, el resto del día era manejable.

Caminata por zona industrial de Mendoza con la cordillera de fondo

Lo que hoy me funciona (y lo que no)

Hoy el laburo sigue siendo mucho. La logística no perdona y Mendoza sigue teniendo sus días de locos. Pero la respuesta física cambió. Ya no hay pánico, hay herramientas aplicadas entre remito y remito. Si tuviera que decirte qué me movió la aguja de verdad, sería esto:

Fijate que muchas de estas cosas las fui sacando de a poco, algunas de lo que escribí sobre hábitos simples para la calma en otras vueltas, y otras simplemente dándome la cabeza contra la pared. No todo lo que leés en un curso de Hotmart te va a servir, y no todo lo que me sirve a mí te va a servir a vos. Cada uno tiene su ritmo, como cada chofer tiene su maña para subir los caracoles de la montaña.

Lo más importante que aprendí es que no tenés por qué poder con todo solo. Yo soy un tipo común, de operaciones, que encontró una vuelta para no pasarla tan mal. Pero ojo, si sentís que el pecho se te cierra seguido, si no podés dormir o si el miedo te gana, no te quedes solo con lo que leés en un blog. Yo no soy médico ni terapeuta. Hablá con un profesional de la salud mental; es lo mejor que podés hacer por vos mismo. A veces, reconocer que el flete nos queda grande es el primer paso para aprender a manejarlo mejor.

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