
Eran las diez de la noche de un domingo a finales del año pasado y yo estaba ahí, sentado en el borde de la cama, mirando las zapatillas y sintiendo que un elefante se me había apoyado en el esternón. No era dolor de infarto, era esa presión sorda, como si el aire en Mendoza se hubiera puesto de repente más pesado que de costumbre. Laburo en logística, manejo planillas, llamados que no pueden esperar y urgencias que siempre son para ayer. En ese momento, la idea de arrancar el lunes me cerraba la garganta.
Antes de seguir con el cuento, una aclaración de esas que se le hacen a un amigo: en este texto vas a ver algunos enlaces a cursos que yo mismo hice. Si te anotás en alguno, a mí me queda una comisión y a vos te sale lo mismo. Pero quedate tranquilo, che, que acá no te voy a encajar nada que no me haya servido a mí para dejar de sentir que me moría en medio de la oficina. No soy psicólogo ni médico, soy un tipo que se cansó de vivir con el pecho apretado.
Esa sombra que te sigue a la oficina
Vivimos a unos 746 metros sobre el nivel del mar, y a veces le echaba la culpa al clima seco o a la altura, pero la verdad era que el estrés me estaba pasando la factura. Esa opresión en el pecho no era algo nuevo; era mi sombra. En logística, si un camión se traba en la cordillera, el problema es tuyo. Si falta stock, el problema es tuyo. Y así, vas acumulando una tensión que el cuerpo no sabe dónde meter.
Lo que yo sentía es lo que los manuales llaman respuesta de lucha o huida. Básicamente, mi cerebro pensaba que me estaba persiguiendo un puma en el medio del campo cuando, en realidad, solo tenía un Excel mal filtrado. Esa tensión muscular constante te termina machacando el pecho. Me acuerdo de estar en el escritorio, sintiendo los latidos a mil, y tratar de controlarme mirando el reloj. Un rango normal de frecuencia cardíaca en reposo para adultos es de 60 a 100 latidos por minuto, pero yo sentía que el mío estaba siempre en la zona roja, incluso tomando mate tranquilo.
El error de querer arreglarlo todo en cinco minutos
Al principio hice lo que hace cualquiera: busqué soluciones mágicas. Me bajé una app de meditación con una voz que me ponía más nervioso y me fui a caminar por el Parque San Martín. Pero iba caminando a las chapas, pensando en los pendientes, así que volvía peor. No entendía que la calma no es un interruptor que prendés y apagás, sino un sistema que tenés que ir armando de a poco.
Incluso probé unos ejercicios de respiración para ataques de pánico que sí funcionan rápido, pero al principio me salían tan mal que me hiperventilaba. Me sentía un inútil porque ni siquiera podía respirar bien. Ahí fue cuando me di cuenta de que necesitaba una estructura, algo que me explicara el 'por qué' de lo que me pasaba sin tanto tecnicismo clínico. Estaba harto de que me dijeran 'relajate' como si fuera tan fácil.
Cuando el ritmo de vida no te deja desconectar
Algo que me abrió la cabeza fue charlar con un conocido que labura en servicios de emergencia, con turnos rotativos. El tipo me decía que los consejos estándar de 'relajate antes de dormir' a él le daban risa. Cuando tenés el ritmo circadiano todo dado vuelta o vivís en un estado de hipervigilancia constante, no podés simplemente cerrar los ojos y esperar que el elefante se baje del pecho. Su caso era extremo, pero me hizo ver que mi estrés en logística tenía algo de eso: la sensación de que siempre algo malo está por pasar.
Esa ansiedad del domingo a la noche es un clásico, pero para el que labura con guardias o urgencias, es una constante de todos los días. Ahí es donde entendí que tenía que trabajar sobre mi sistema nervioso parasimpático de forma diaria, no solo cuando ya no daba más. No servía de nada intentar calmarme el domingo si de lunes a viernes me trataba como a una máquina de carga.
La ficha que me cayó con Reset Mental
A mediados de este otoño, cuando los días se pusieron más cortos y el frío me ponía más tenso, decidí probar algo diferente. Me anoté en un curso que se llama Reset Mental. Lo que me llamó la atención fue que tiene una calificación de 4.6 en Hotmart, que para estas cosas es bastante alta, y que no te vendía humo de iluminación espiritual.
Lo que me sirvió fue el enfoque de hábitos chiquitos. En vez de pedirme que meditara una hora bajo un árbol, me enseñó a identificar los disparadores en el momento. Por ejemplo, entender que cuando mi pecho se apretaba, lo primero que tenía que hacer era estimular el nervio vago. Suena a término de médico, pero es básicamente el cable que le avisa al cuerpo que baje un cambio. Empecé a notar que, al aplicar lo que enseñaban, mis lunes ya no empezaban con esa sensación de asfixia.
Ojo, no es que se me solucionó la vida de un día para el otro. Hubo semanas, sobre todo hace un par de meses, donde el quilombo en la oficina fue tal que el pecho se me volvió a cerrar. Pero la diferencia fue que ya no me asusté. Sabía qué estaba pasando y tenía las herramientas para no terminar en la guardia del hospital pensando que me estaba dando algo. Mi experiencia con Reset Mental para bajar el estrés fue el puntapié para entender que mi cabeza de logístico necesitaba un manual de instrucciones práctico.
Otras cosas que andan dando vueltas
En esa búsqueda también me crucé con otras herramientas. Por ejemplo, 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad me sirvió para esas reuniones donde sentía que no daba la talla y el pecho se me ponía de piedra solo de tener que hablar. También existe Sin Ansiedad y Pánico, que es más para cuando sentís que el elefante ya se te sentó encima del todo y no sabés para dónde correr.
Incluso, para los que sienten que el estrés les nubla la vista y no pueden retener un dato, el curso de Memoria Extraordinaria tiene cosas interesantes para entrenar la concentración, aunque para mí el problema principal era el nudo en el pecho, no la memoria.
Lo que aprendí después de tantos tropiezos
Si hoy me preguntás qué hacer cuando sentís esa opresión, te diría tres cosas bien simples: primero, fijate si estás respirando solo con la parte alta del pecho (que es lo que hacemos cuando estamos asustados); segundo, aceptá que el cuerpo te está avisando algo y no trates de 'silenciarlo' a la fuerza; y tercero, buscá un sistema que te ordene los días. A mí me funcionó armar una rutina de hábitos que no me llevara más de diez minutos, pero que fuera constante.
Hoy, mientras escribo esto, el pecho está liviano. La oficina sigue siendo un quilombo, los camiones se siguen retrasando y las planillas siguen teniendo errores, pero yo ya no soy el mismo que se quedaba sentado en el borde de la cama sin poder respirar. Si sentís que esto te supera, che, de verdad te lo digo como un amigo: hablá con un profesional de la salud mental. No esperes a que el cuerpo te grite para empezar a escucharlo. A veces, reconocer que uno solo no puede es el primer paso para volver a respirar hondo.
Si querés probar lo que a mí más me movió la aguja, te recomiendo que le pegues un vistazo a Reset Mental. A mí me dio la estructura que mi cabeza necesitaba para no explotar. No es magia, es laburo diario, pero vale la pena para volver a sentir el aire de Mendoza sin que te pese.
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