
Un camión varado en la ruta no arranca más rápido porque el que mira la pantalla se ponga nervioso. Tan simple como eso, y tan difícil de sostener cuando el teléfono no para de sonar y del otro lado hay alguien que reclama una solución que vos no tenés en la mano. Buena parte de la ansiedad laboral que más desgasta no nace de un problema grande: nace de un problema que no depende de vos resolverlo y que igual te lo cargás en el cuerpo. Manejar el estrés ahí no pasa por calmarse un rato, pasa por entender rápido qué parte del quilombo es tuya y cuál no, para no gastar el bienestar emocional del día entero peleando contra algo que no se mueve por más fuerza que le pongas.
Dos llamadas, misma oficina, reacciones opuestas
La primera llamada es la de siempre en mi laburo: un corte de ruta le trabó a un cliente un contenedor de 40 pies en la mitad de la nada, y el tipo grita del otro lado como si yo tuviera un control remoto para mover el camión. Durante años, se me cerraba el pecho antes de terminar de escuchar el reclamo completo. Revisaba la planilla como si mirarla fijo fuera a destrabar algo, mandaba mensajes a las nueve de la noche pidiendo novedades que no iban a llegar más rápido por estar yo despierto, y terminaba la jornada con la mandíbula dura de tanto apretar.
Después hubo otra llamada parecida, mismo tipo de reclamo, mismo cliente caliente, y ahí algo fue distinto. En medio del enojo del otro lado me tomé una sola respiración larga antes de contestar, y el corazón se quedó donde tenía que quedarse, sin ese salto que antes me subía hasta la garganta en dos segundos. No arreglé nada que no se fuera a arreglar solo con el tiempo, pero corté la llamada entero, no hecho percha como me pasaba antes.
Ese es el contraste que quiero plantear, porque las dos situaciones tenían exactamente el mismo quilombo afuera. Lo único que cambió fue lo de adentro, y ahí es donde vale la pena mirar.
Manejo del estrés: ¿qué depende de vos y qué no depende de vos?
Hay un curso de manejo de la ansiedad que compré hace un tiempo en Hotmart que le pone un nombre técnico a esto: locus de control. Suena a materia de facultad, pero es más simple de lo que aparenta. Hay cosas que están adentro de tu círculo, las que podés cambiar con una acción concreta tuya, y cosas que están afuera, las que vas a tener que dejar pasar porque ahí no tenés ni voz ni voto. El curso lo explicaba con ejercicios de escritorio y columnas prolijas para completar.
A mí lo que me terminó sirviendo fue mucho más bruto que cualquier ejercicio de columnas. Cada vez que algo me arruina el humor en el laburo, me pregunto si depende de un mail que mandé yo, de una planilla que armé mal, o de una decisión que tomó otra persona en otro escritorio del país. Si es lo segundo, ahí no hay Excel más complejo que lo arregle, por más horas que le meta.
Esa angustia de la mañana temprano, la que te agarra apenas te despertás, tiene bastante que ver con el pico de cortisol de 30 a 45 minutos después de levantarte, y no importa cuánto quieras controlarlo: el cuerpo reacciona antes de que la cabeza termine de entender si el problema del día es tuyo o no. Si el cuerpo te lo cobra más abajo, en el estómago antes que en el pecho, tengo escrito algo sobre cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral, que en el fondo es la otra cara de esta misma moneda.
Aceptar no es lo mismo que resignarse
Ahí es donde mucha gente se cae para el otro lado: agarra la idea de aceptar y la convierte en no hacer nada. Los psicólogos le dicen indefensión aprendida a eso, sentirte tan atado de pies y manos que dejás de intentar hasta lo que sí está en tus manos. La diferencia no es dejar de importarte el problema, es elegir bien dónde ponés la energía. No puedo destrabar un corte de ruta yo solo, pero sí puedo elegir cómo se lo cuento al cliente y qué plan B armo con lo que tengo a mano en ese momento.
Probé de todo para bajar un cambio después de una llamada así. Puse el celular en modo avión apenas salía del trabajo, pensando que sin notificaciones el cuerpo se iba a aflojar solo. No pasó: el descanso no llegaba igual, seguía repasando la misma conversación aunque la pantalla estuviera apagada. El tecleo suena distinto pasadas las once de la noche, cuando releo el mismo mail tres veces sin registrar una palabra, y ahí entendí que el problema no era el teléfono: era que seguía masticando algo que ya no dependía de mí resolverlo.
Una vecina del edificio, Yanina, me lo bajó a tierra una tarde en el pasillo, cuando le conté de una de esas llamadas. Tiene una manera de agarrar un quilombo y hacerlo sonar mucho más chico de lo que es: vos no podés arreglar la ruta, me dijo, pero podés elegir no pasarte la noche masticándolo. Dicho así, tan directo, algo hizo clic que ningún curso de columnas prolijas me había hecho hacer clic antes.
Cuando la bronca se acumula demasiado tiempo sin soltarse en ningún lado, ni el mejor criterio sobre qué depende de vos alcanza. Ahí conviene mirar lo que aprendí para relajar el sistema nervioso tras semanas de estrés, porque el cuerpo cobra tarde o temprano, tenga uno el criterio más claro del mundo o no.
Elegir la batalla que sí podés pelear
La cuenta que me sirve, al final, es bastante simple. Cuando el problema depende de una acción mía —un mail que no mandé, una planilla que armé mal, una respuesta que dejé pasar de largo— ahí meto mano directo, porque ocuparme es lo que corresponde. Cuando el problema depende de un corte de ruta, un paro, un cliente de mal humor o cualquier cosa que se decide en otro escritorio, ahí cambio el foco: controlo cómo lo comunico, qué alternativa ofrezco y cuánto tiempo le dedico a la bronca antes de soltarla. Ese es el tipo de productividad saludable que ningún curso te vende de entrada: no rendir más, rendir sin quemarte por cosas que nunca fueron tuyas para empezar.
A una vecina del barrio, Cintia, que sigue el blog, la crucé hace poco en la verdulería y me contó que había probado algo parecido: separar los problemas de a uno, anotar cuál dependía de ella y cuál no, y ver qué pasaba en cada caso antes de sumar el siguiente cambio. Nada espectacular, pero le sirvió para no probar diez cosas juntas y terminar sin saber cuál de todas había hecho la diferencia.
Estos días, cuando el cuerpo pide soltar antes de que la cabeza entienda por qué, subo un rato al Cerro de la Gloria. No resuelve el corte de ruta ni cambia el humor del cliente que llamó furioso, pero vuelvo con la cabeza más despejada para lo que sí puedo mover.
Ninguna de estas dos llamadas cambió el negocio de la logística ni el humor de la gente que llama enojada por algo que no armé yo. Lo que cambió fue cuánto de esa bronca me llevaba puesto a mi casa. Y si en algún momento sentís que esto de separar lo tuyo de lo que no es tuyo se te escapa de las manos, que la angustia no baja con nada de lo que probás, hablalo con un profesional de la salud mental. Yo lo hice cuando los episodios de pánico en la oficina me asustaron en serio, y no hay vecina, ni curso de Hotmart, que reemplace eso.
Hoy, cuando el teléfono suena y ya sé que va a ser una de esas llamadas, no reviso la planilla buscando un botón que no existe. El camión sigue sin moverse más rápido. Lo que se mueve distinto soy yo.
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