Taller Calma

Cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral

2026.09.02
Nudo en el estómago por ansiedad laboral: primer plano que ilustra el bienestar emocional puesto a prueba en la oficina

100.000.000. Esa es la cantidad de neuronas que, según lo que leí hace tiempo, tenemos metidas en el tubo digestivo, y a mí me sirvió más que cualquier charla motivacional para entender por qué la ansiedad laboral nunca se queda solo en la cabeza. Se me iba derecho a la panza: se armaba como un puño frío debajo de las costillas y ahí se quedaba horas, mientras yo seguía contestando mails como si no pasara nada. El nudo en el estómago fue, durante mucho tiempo, la forma que tenía mi cuerpo de avisarme que el laburo me estaba pasando por arriba, y ocuparme del bienestar emocional terminó siendo, ante todo, aprender a leer esa señal antes de que se pusiera peor.

Con los meses até cabos y llegué a algo simple, aunque me costó bastante llegar ahí: hay dos maneras muy distintas de encarar ese nudo, y no siempre sirve la misma. Una es meterse a pensarlo y ponerlo en palabras. La otra es soltar el pensamiento y moverse. Las probé las dos, en serio, y los resultados no se parecieron en nada.

Por qué el estrés laboral termina siendo un nudo en el estómago

Fijate que durante mucho tiempo pensé que la ansiedad vivía solo en la cabeza, en los pensamientos que no paran, hasta que entendí que el cuerpo es el que primero acusa recibo.

Manos tensas sobre el escritorio, señal física típica del nudo en el estómago por estrés laboral

Esto que algunos llaman somatización del estrés —el cuerpo agarrando lo que la cabeza no procesa y metiéndolo en algún lado— en mi caso siempre fue la panza, nunca la espalda ni la cabeza. No hace falta entender la anatomía en detalle para notar el efecto: alcanza con saber que el cuerpo entra en alerta y deja de lado la digestión un rato largo. El nervio vago aparece mencionado en casi todo lo que leí sobre el tema como el hilo que conecta una cosa con la otra, aunque ese dato de manual, por sí solo, nunca me destrabó nada.

Técnicas de respiración, un cuaderno y el error de escribirlo todo

Antes de encontrar algo que funcionara, probé de todo un poco. Alguna técnica de respiración aparecía en casi todos los cursos que fui haciendo, y me ayudaba a bajar un cambio, pero nunca fue lo que me sacó el nudo de encima. Lo que sí probé en serio, durante bastante tiempo, fue anotar todo lo que me daba vueltas antes de dormir. Un curso insistía con eso: escribir la preocupación la sacaba de la cabeza y la ponía en otro lado, decían. Compré una libreta común y me puse las noches que podía.

Árboles iluminados por la tarde, imagen serena asociada a técnicas de respiración y bienestar emocional

No tardé en darme cuenta de que estaba haciendo justo lo contrario de lo que buscaba. Escribir lo que me preocupaba no lo achicaba, lo agrandaba: releía la misma frase varias veces, le sumaba detalles, imaginaba cómo iba a salir mal la reunión del día siguiente. Lo que en un curso llaman rumiación —masticar la misma vuelta una y otra vez sin llegar a ningún lado— era justo lo que el papel me disparaba en vez de calmarlo.

Cuaderno de notas abierto sobre el escritorio, el intento de journaling frente a la ansiedad laboral

Se lo comenté a Yanina Díaz, la vecina del edificio, que hace yoga desde hace años y nunca te lo impone: se rió y me dijo que a ella tampoco le cierra escribir, que prefiere moverse antes de pensar.

Un curso hablaba también de la ventana de tolerancia, ese margen que tenés antes de que el estrés te desborde del todo, y noté algo raro: cuando esa ventana ya estaba angosta, ponerme a escribir la achicaba todavía más, en lugar de ayudarme a ordenar la cabeza.

El cuerpo entiende antes que la cabeza

Lo que sí me acomodó fue lo contrario: dejar de pensar el problema y moverme. Los martes y los jueves, después de salir del laburo, empecé a ir hasta el Mercado Central de Mendoza, no a comprar nada en particular, solo a caminar entre los puestos, escuchar los pregones y dejar que el ruido de la gente me sacara de la cabeza por un rato. No hay ninguna técnica ahí, ni una respiración contada, ni una libreta. Solo caminar entre la gente hasta que el cuerpo se acomoda solo.

Ahí entendí, más por prueba y error que por leer, que ir directo al cuerpo —lo que en el curso llamaban regulación autónoma— me acomodaba más rápido que cualquier razonamiento. El cuerpo necesita su tiempo para darse cuenta de que ya pasó el peligro, y ese proceso no se apura pensando; algo de esto ya lo conté en lo que aprendí para relajar el sistema nervioso tras semanas de estrés.

Hace poco me desperté de golpe, pasadas las dos y media de la madrugada, con la cabeza queriendo arrancar de nuevo con la lista de pendientes. En vez de quedarme dando vueltas calculando cuánto me quedaba para dormir, sentí el peso del teléfono en el bolsillo del pijama antes de dejarlo cargando en la cocina, ya apagado, y me volví a dormir sin el nudo apretando. Ninguna libreta me dio eso nunca.

Se lo comenté a Cintia Romero, una vecina del barrio que sigue el blog y prefiere leerlo todo antes que escuchar un audio, cuando me preguntó qué hacer con el nudo un martes cualquiera, sin que pasara nada especial ese día. Le dije que ya dejé de buscar una única respuesta para todos los días.

Cuándo conviene escribir y cuándo conviene moverse

Si tengo margen —si el nudo aparece de tarde y todavía puedo pensar con algo de claridad— anotar dos líneas me ayuda a ordenar qué me está pasando, y ahí sí le doy una oportunidad al cuaderno. Pero si el nudo aparece con el cuerpo ya acelerado, mandíbula apretada, hombros en las orejas, plena hora pico de mails sin parar, ahí escribir empeora todo: lo que me saca en esos momentos es moverme, cambiar el lugar físico donde estoy, aunque sea ir a comprar algo pavo al mercado. Soltar la mandíbula a propósito y bajar los hombros de forma consciente, aunque suene ridículo, también ayuda a que el diafragma afloje un poco cuando no hay tiempo ni lugar para moverse en serio. Y cuando el nudo aparece justo antes de encarar algo pesado del trabajo, se mezcla fácil con otro problema que ya conté en cómo dejar de procrastinar por ansiedad cuando el trabajo te paraliza: ahí tampoco sirve escribir un rato más, sirve moverse primero y encarar la tarea después.

Un recordatorio, no una receta

Sigo en la misma empresa de logística, los camiones se siguen atrasando y los jefes siguen pidiendo cosas para ayer. La diferencia es que ahora el nudo no es el que decide qué hago con el día: es una señal, no una orden. Nada de esto reemplaza a un profesional de salud mental, y si sentís que la piedra en la panza no se va con nada, que te impide comer o te genera una angustia que no podés manejar, pedí ayuda de verdad, no un truco más de blog.

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