
Era media tarde un lunes de marzo y yo estaba ahí, clavado frente al monitor en la oficina de logística, viendo una planilla de Excel que parecía no tener fin. Mendoza tiene ese aire seco que a veces te hace sentir que el oxígeno no entra del todo, pero ese día era otra cosa: sentía que el pecho se me cerraba de verdad. Trabajamos a unos 746 metros sobre el nivel del mar, y te juro que en ese momento sentí que estaba en la cima del Aconcagua sin equipo. No podía respirar bien y la transpiración fría en la nuca cada vez que sonaba el teléfono después de las seis de la tarde ya se me había hecho costumbre.
Antes de seguir, te quiero avisar algo por una cuestión de transparencia entre nosotros. En este texto nombro un par de cursos que me sirvieron. Si hacés clic y te anotás en alguno, la plataforma me da una comisión; a vos te sale lo mismo, ni un peso más, pero a mí me ayuda a seguir escribiendo. Eso sí, fijate que acá no vas a encontrar nada que yo no haya probado primero. Si no me ayudó a mí a bajar un cambio, no te lo cuento. Pero ojo, que yo no soy médico ni psicólogo, soy un tipo que labura en una empresa de logística y te cuenta lo que le funcionó para no terminar en el suelo de la oficina.
Cuando el agotamiento ya no se cura con un domingo de asado
Vengo de una racha brava que arrancó a mediados de diciembre. El laburo se puso picante, muchos despachos, mucha gente pidiendo cosas para ayer. Pero lo que me terminó de liquidar no fue solo la oficina. En casa la cosa estaba difícil: mi viejo empezó con unos temas de salud crónicos y me tocó hacerme cargo de muchas cosas de su cuidado. Ahí es cuando te das cuenta de que los consejos típicos de "andate un fin de semana a la montaña" o "desconectate" son puro humo. ¿Cómo te vas a desconectar si tenés que estar pendiente de los remedios, de que no se caiga, de que coma bien? La ansiedad ahí no es un pico, es un ruido de fondo que no para nunca.
Llegué a pensar que a los treinta y cinco años ya debería tener la vida resuelta en lugar de estar temblando frente a una planilla de cálculos. Me sentía un fracasado total. El estrés acumulado durante meses me dejó de cama, pero no de esa cama donde descansás, sino de la que te despertás a las cuatro de la mañana con el corazón a mil. Si te pasa algo parecido en el laburo, capaz te sirva leer sobre qué hacer cuando sientes opresión en el pecho por el estrés del laburo, porque es un viaje de ida si no lo frenás a tiempo.
El fracaso de querer relajarme a la fuerza
Un sábado de otoño traté de hacer lo que dicen todos los manuales. Me fui al Parque General San Martín. Son como 393 hectáreas de verde acá en Mendoza, un lugar hermoso, pero yo estaba tan pasado de rosca que ni el paisaje veía. Me senté bajo unos árboles, cerré los ojos y traté de hacer una meditación guiada de veinte minutos que bajé de por ahí. Fue un desastre. A los tres minutos me rendí porque me sentía un ridículo total. En vez de calmarme, me puse más nervioso pensando en todo lo que tenía que hacer después. No es tan fácil poner la mente en blanco cuando tenés mil carpetas pendientes en la cabeza.
Lo que sí me quedó grabado de ese día fue el olor a eucalipto mojado mientras el sol bajaba detrás de los cerros mendocinos. Fue un segundo de algo real, pero nada más. Ahí entendí que si quería salir del pozo, no podía pretender que veinte minutos de silencio borraran meses de agotamiento. Necesitaba algo más estructurado, algo que me explicara mecánicamente por qué mi cuerpo estaba reaccionando así. Empecé a buscar y me topé con el programa Reset Mental. Lo que me llamó la atención es que tiene una calificación de 4.6 de 5 estrellas, y la gente decía que era muy práctico. Nada de cosas raras, sino hábitos para el día a día.
Entender la máquina para que no se rompa
Lo primero que aprendí, y que me rompió la cabeza, es el tema del cortisol. Resulta que esa hormona del estrés tiene sus picos a la mañana, y si vos ya venís cargado, cualquier chispa te hace saltar. Yo pensaba que era un tema de voluntad, pero no, es química pura. En el curso explicaban que para bajar esos niveles no hace falta meditar como un monje, sino darle señales claras al sistema nervioso central de que no estamos en peligro.
Empecé con ejercicios de respiración mecánica. Me salieron mal durante semanas, te lo juro. Me hiperventilaba, me ponía peor. Hasta que un día, después de tres semanas de práctica constante, algo hizo clic. Entendí que la respiración diafragmática lo que hace es estimular el nervio vago. Básicamente, le mandás un mensaje al cerebro que dice: "Che, pará, no nos está comiendo un león, solo es un cliente pesado". Esto me sirvió un montón para mi situación particular, porque como cuidador no tengo mucho tiempo libre. Son ejercicios de tres o cuatro minutos que podés hacer mientras esperás en una sala de guardia o en un semáforo.
La constancia de lo chiquito: mi experiencia con Reset Mental
Lo que más me movió la aguja de ese programa fue el enfoque en los micro-hábitos. No te piden que cambies tu vida de un día para el otro. Para alguien que labura en operaciones y tiene que estar atento a mil cosas, esa estructura es clave. En mi experiencia con Reset Mental para bajar el estrés del laburo diario, me di cuenta de que lo que importa es la repetición, no la perfección. Si un día no podés, no pasa nada, retomás al siguiente.
También probé otras cosas, como el curso de 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad. Me sirvió porque mucha de mi ansiedad venía de sentir que no iba a poder con todo, que me iba a mandar una macana en el laburo o con el cuidado de mi viejo. Trabajar la seguridad personal te da un piso más firme para pisar cuando todo alrededor parece un terremoto. Si sentís que el estrés te está quemando los papeles, fijate también cómo mejorar la memoria y concentración cuando el estrés laboral te nubla, porque a veces uno cree que está perdiendo la cabeza y es solo cansancio acumulado.
¿Por qué a los cuidadores nos cuesta más?
Acá quiero meter un paréntesis. Si vos cuidás a alguien, ya sabés que los consejos de "autocuidado" a veces te dan ganas de revolear el celular. La ansiedad nuestra es distinta porque no podés elegir no estar estresado. Si tu familiar se siente mal, vos te vas a estresar. Lo que yo aprendí es que la meta no es eliminar el estrés (que es imposible), sino aprender a que no se te quede pegado al cuerpo. Se trata de vaciar la mochila un poquito cada día para que no se te rompa la espalda.
Hace apenas unos días tuve una situación tensa en la oficina. Un camión se quedó parado en medio de la nada y los tiempos no daban. Sentí que me empezaba a subir el calor por el cuello. En otro momento, eso terminaba en un ataque de pánico y yo encerrado en el baño. Pero esta vez me acordé de lo que aprendí sobre la biofilia y el efecto de caminar entre árboles. Salí cinco minutos a la vereda, hice tres ciclos de respiración consciente y pude volver a entrar a resolver el quilombo sin que se me cerrara el pecho.
Un recordatorio para el camino
No te voy a decir que hoy soy un tipo súper zen que nunca se pone nervioso. Sigo laburando en el mismo escritorio, sigo con las planillas y sigo cuidando a mi viejo. Pero la diferencia es que ahora tengo herramientas. Ya no soy un pasajero de mi propia ansiedad. Si estás pasando por unos meses muy agotadores y sentís que no das más, haceme caso: empezá por algo chiquito. No intentes meditar una hora si hoy no podés ni estar cinco minutos quieto.
Y lo más importante, che: si ves que la cosa se te va de las manos de verdad, si no podés dormir nada o si sentís que ya no tenés ganas de arrancar el día, hablá con un profesional. Yo no soy psicólogo y lo que te cuento es lo que a mí me sirvió, pero a veces hace falta alguien que sepa de verdad para darnos una mano. No hay nada de malo en pedir ayuda. Fijate en programas como Reset Mental para tener una guía de hábitos, pero siempre escuchá a tu cuerpo y a los que saben. La calma no llega de golpe, se va construyendo de a pedacitos.
Cuidate, no te dejes para lo último.
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