
A veces el piso de la oficina se transforma en algo blando, como si dejaras de pisar cemento y empezaras a pisar aire. Es una de las formas más raras que toma la ansiedad laboral, esto de los mareos por estrés en plena jornada, y todavía no tengo una respuesta clara de por qué el cuerpo elige justo ese momento, en medio de una planilla de despacho que no cerraba, para jugarte esa mala pasada, pero sé exactamente lo que se siente.
Trabajo en operaciones de logística acá en Mendoza, así que las planillas, los llamados y la presión de que ningún camión salga tarde son el paisaje de todos los días. Tengo un vecino que se manda todos los fines de semana a entrenar escalada al Cerro Arco, y en esa época yo no podía ni cruzar el pasillo de la oficina hasta el baño sin ir rozando la pared para no perder el equilibrio.
La sensación en sí es rara: no es que todo dé vueltas como cuando te pasás de copas, es más bien como si el cuerpo pesara menos de lo que pesa y el piso se pusiera de goma. Me quedaba agarrado del borde del escritorio, sintiendo el metal frío contra las palmas, tratando de que nadie del equipo notara que por dentro se me estaba por caer el mundo. Con los compañeros al lado, lo último que quería era que alguien preguntara si estaba bien, porque sentía que si abría la boca me terminaba de desarmar ahí mismo.
Cuando el cuerpo dice basta en medio del laburo
Lo primero que pensás en un momento así es que hay algo grave: un problema de oído, la previa de un bobazo, cualquier cosa menos estrés. Fui al médico, como corresponde, y me hicieron de todo: análisis, revisión de oído, control de reflejos. Nada. El médico me dijo que estaba, en criollo, pasado de revoluciones, y que el cuerpo entero se resiente cuando lo tenés así de exigido durante mucho tiempo.
Entiendo ahora que ese mareo es una forma más que tiene el cuerpo de sacar afuera una presión que venía guardando de otro lado; el estómago, el pecho, el equilibrio, cualquier parte se puede convertir en la válvula de escape cuando ya no da más.
¿Qué fue lo que no funcionó?
Probé lo que te dice cualquiera apenas buscás algo sobre esto: que inspires bien hondo, que llenes el pecho de aire. A mí me hacía peor, me mareaba todavía más, y con el tiempo entendí que el tema de cómo respirar bien en un momento de pánico da para otro texto aparte. Acá no me quiero meter con la técnica en sí porque terminaría mal explicado.
También me anoté en el gimnasio, convencido de que total, moverse un poco tenía que ayudar en algo. Fui tres veces en dos meses y terminé pagando la cuota religiosamente sin pisar el lugar; plata tirada, ganas que se apagaron solas, y ni un cambio real en cómo me sentía adentro de la oficina.
Ahí fue cuando empecé a evitar cosas: reuniones largas, algún mandado que antes hacía sin pensarlo, con tal de no arriesgarme a marearme delante de todos. El problema es que evitar te va achicando el mundo de a poquito, y con los meses me di cuenta de que estaba viviendo cada vez en un espacio más chico.
Lo que la oficina le suma al mareo
Las luces del techo tampoco colaboraban. Son esos tubos largos que parpadean sin que lo notes a simple vista, y entre eso y el brillo de la pantalla, los ojos no encontraban dónde hacer foco en toda la tarde.
Aprendí a buscar un punto lejos, una ventana, el fondo del pasillo, y a dejar que la vista se relajara en vez de clavarla en el monitor. Cuando la cosa venía fea, me levantaba, me lavaba la cara con agua fría y trataba de sentir el peso real de los pies contra el piso; volver al cuerpo, literal, cuando la cabeza se te va de viaje.
A veces la bronca de no poder rendir como antes te suma una capa extra de angustia, y ahí el problema deja de ser solo físico. Si te pasa algo parecido, capaz te sirve lo que escribí sobre cómo manejar la frustración laboral por problemas que no puedes controlar, porque a veces lo único que podés controlar de verdad es cómo reaccionás vos, no la situación en sí.
Ajustar la rutina, de a poco
Bajé el café de varias tazas por la mañana a una sola, porque la cafeína me disparaba la sensación de inestabilidad en cuestión de minutos. Empecé a tomar agua de verdad y no solo mate, que acá en Mendoza con el clima seco te deshidrata más rápido de lo que pensás. Y me impuse levantarme cada tanto, aunque sea para dar una vuelta al escritorio, nada más que para que el cerebro registrara que el piso seguía firme.
También dejé de pelearme con el mareo cuando aparecía. Antes apretaba los dientes y luchaba para que se fuera; ahora, cuando siento que el piso empieza a moverse, más o menos le digo para mis adentros "ahí estás de nuevo, ya sé que sos vos". No suena a gran cosa, pero dejar que la sensación esté ahí sin salir corriendo le saca fuerza de una manera que pelear nunca logró.
Los domingos a la noche eran territorio aparte: un calor que me subía por la nuca solo de pensar en el lunes, aunque el lunes todavía estuviera lejos. Dormir mal esa noche me garantizaba que el mareo volviera con todo al otro día, así que si te pasa algo parecido te puede servir cómo manejar los ataques de pánico nocturnos para que el descanso sea un poco más real.
En el medio de todo esto aparecieron otras cosas que no esperaba. Algunos días la cabeza se me llenaba de pendientes hasta que no podía sostener una idea simple arriba del escritorio, como si no quedara lugar para nada más. Le daba mil vueltas a la misma charla del mediodía sin llegar a ningún lado, dando vueltas y vueltas sobre lo mismo sin soltarlo. Aprendí más o menos hasta dónde podía estirar la cuerda en un día pesado antes de que el cuerpo directamente se plantara y dijera basta. Fui entendiendo, despacio, que el cuerpo tiene su propio tiempo para bajar un cambio una vez que se dispara, por más que uno quiera apurarlo a pura voluntad. El cansancio de aguantar meses así, siempre al límite, no se nota tanto en el momento; se cobra después, todo junto.
La semana en que el domingo no dolió
Fue recién en la semana doce, un domingo a las once de la mañana, que noté algo raro: el nudo que normalmente se me armaba en la boca del estómago apenas pensaba en el lunes, esa vez, no había aparecido. Me quedé un rato dándome cuenta de que no me dolía nada, ni el estómago ni la cabeza, y la verdad es que tardé un par de minutos en confiar en que era real.
Esa misma tarde salí a caminar por las calles del barrio de la Quinta Sección, cerca de casa, sin apuro y sin rumbo fijo. Sentía el peso real de los pies contra la vereda, algo que un tiempo antes daba por sentado y que en esos meses aprendí a no dar por sentado nunca más. Las mañanas en que me levantaba temprano, antes de que sonara el despertador, el frío del piso bajo los pies descalzos era casi una manera de comprobar que todo seguía en su lugar.
Si el nudo en el estómago es más tu batalla que el mareo en sí, date una vuelta por lo que escribí sobre cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral, porque en mi caso las dos cosas venían bastante de la mano.
Me quedo con esto, si tengo que elegir una sola cosa de estos meses: el mareo no se combate a la fuerza, se acompaña hasta que el cuerpo entiende que ya no hace falta prender la alarma. No es magia ni una fórmula que sirva para todos; es lo que a mí me funcionó, laburando en una oficina de logística acá en Mendoza, sin ser psicólogo ni médico. Si la estás pasando muy mal, si sentís que el piso no deja de moverse y no podés con vos mismo, hablá con un profesional de verdad: no tiene nada de malo, es el primer paso para volver a pisar firme.
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