Taller Calma

Cómo manejar los mareos por estrés y ansiedad en la oficina

2026.09.13
Cómo manejar los mareos por estrés y ansiedad en la oficina

Hacia finales de noviembre del año pasado, Mendoza se puso pesada. No era solo el calor que ya empezaba a picar en el asfalto, sino que en la oficina de logística las cosas estaban desmadradas. Me acuerdo de estar sentado frente al monitor, tratando de cuadrar un despacho de mercadería que venía demorado, cuando las líneas del Excel empezaron a ondularse como si fueran agua. De golpe, sentí que el piso se convertía en un colchón inflable y que, si me movía un centímetro, me iba de boca contra el teclado.

Esa sensación de inestabilidad es un espanto. No es que todo dé vueltas como cuando te pasás de copas; es más bien como si tu cuerpo no pesara nada y el mundo se hubiera vuelto de goma. Me quedé helado. Apoyé las manos en el borde del escritorio y sentí el frío del metal contra mis palmas sudorosas mientras intentaba que mis compañeros no notaran que el mundo giraba. No quería que nadie me preguntara nada porque sentía que, si abría la boca, me terminaba de desarmar ahí mismo.

Cuando el cuerpo dice basta en medio del laburo

En ese momento, lo primero que pensás es que tenés algo grave. Un tumor, algo en el oído, o que te está por dar un bobazo. Llevaba años ignorando las señales: el café frío tomado a las apuradas, las planillas infinitas de despacho y esa presión constante de que nada se detenga en la empresa. El sistema logístico no perdona; si un camión no sale, es un lío de guita y llamados. Yo me creía un roble, pero resulta que los robles también se parten cuando el viento sopla demasiado fuerte por mucho tiempo.

Manos tensas sujetando el borde de un escritorio metálico en una oficina.

Esa mañana, para ir al baño, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano. Tenía esa sensación extraña de caminar sobre nubes o algodón que me obligaba a rozar las paredes del pasillo para no perder el equilibrio. Me veía desde afuera y me sentía un ridículo, pero el miedo que te agarra es real. Es un mareo que no se te pasa cerrando los ojos; al contrario, si los cerrás, parece que te hundís más en ese vacío. Es el sistema nervioso que entró en alerta roja y decidió que ya no puede más.

Fui al médico, obvio. Me hicieron de todo: análisis de sangre, me revisaron los oídos, me miraron las pupilas. Nada. El doctor me miró y me dijo: "Damián, tus oídos están perfectos, pero estás pasado de revoluciones". Me explicó que el sistema vestibular, que es el que nos tiene parados sin caernos, es sensible a los picos de cortisol y adrenalina. O sea, mi propio estrés me estaba haciendo perder el equilibrio. Ahí fue cuando entendí que tenía que mover ficha si no quería terminar internado por un ataque de nervios de verdad.

La trampa de la respiración profunda

Acá es donde la mayoría de los consejos que encontrás en internet te fallan. Todo el mundo te dice: "Si te sentís mareado por la ansiedad, respirá profundo". Yo lo hacía. Me encerraba en el depósito, entre pallets de 1200 x 800 mm amontonados, y trataba de inflar el pecho como un globo. ¿Sabés qué pasaba? Me mareaba más. Sentía que me iba a desmayar en cualquier momento.

Después, leyendo y haciendo algunos módulos de cursos online que encontré, como uno que se llamaba Sin Ansiedad y Pánico, entendí el porqué. Resulta que cuando estamos ansiosos, ya estamos respirando de más sin darnos cuenta. Un ritmo respiratorio normal en reposo anda por las 12 a 16 respiraciones por minuto, pero yo seguro estaba duplicando eso. Al meter más aire todavía ("respirar profundo"), terminás lavando el dióxido de carbono de la sangre. Eso provoca una vasoconstricción cerebral y, ¡pum!, más mareo. Es pura física, che.

La vuelta de tuerca que me sirvió a mí fue exactamente al revés de lo que te dicen siempre. En vez de tomar aire como un loco, empecé a practicar exhalaciones breves y cortantes. Como si soplara una vela muy chiquita, soltando el aire de a poco pero firme, para regular ese dióxido de carbono que me estaba faltando. Es un trabajo de hormiga, pero me salvó de varios episodios feos en plena reunión de operaciones.

El entorno de la oficina y la fatiga visual

Durante las semanas de más calor en enero, me di cuenta de otra cosa que me jugaba en contra: las luces del techo. En la oficina tenemos esos tubos largos que, aunque no lo notes a simple vista, tienen una frecuencia de parpadeo de 50 Hz. Es el estándar acá en Argentina, pero cuando tenés el sistema nervioso sensible, ese parpadeo constante te termina de quemar el bocho. Entre eso y el brillo del Excel, mis ojos no sabían dónde hacer foco.

Pasillo de oficina con luces fluorescentes visto desde una perspectiva inestable.

Aprendí a aplicar una técnica para reentrenar la mirada. En vez de estar clavado al monitor, cada tanto buscaba un punto lejano, una ventana o el fondo del pasillo, y trataba de suavizar la vista. No mirar nada fijo, sino dejar que el panorama entre solo. Eso, combinado con la respiración controlada, ayudaba a que el mareo no escalara a algo peor. Si la cosa venía muy jodida, me levantaba y me iba a lavar la cara con agua fría, tratando de sentir el peso real de mis pies contra el piso de granito. Es clave volver al cuerpo cuando sentís que la cabeza se te va de viaje.

A veces, la frustración por no poder rendir como antes te genera una culpa que empeora todo. Si te sentís así, te puede servir leer sobre cómo manejar la frustración laboral por problemas que no puedes controlar, porque a veces el problema que no controlamos es nuestra propia reacción física al estrés.

Pequeños ajustes en la rutina diaria

No te voy a mentir, no se me pasó de un día para el otro. Me llevó meses de práctica diaria entender qué me estaba pasando. Hubo días en que sentía que retrocedía diez casilleros. Por ejemplo, si una noche dormía mal, al otro día el mareo volvía con todo. Los domingos a la noche me empezaba a subir un calor por la nuca solo de pensar en el lunes. Si te pasa eso, quizás te ayude saber cómo manejar los ataques de pánico nocturnos para que el descanso sea un poco más real.

Vaso de agua y libreta sobre una mesa de madera con luz natural.

Otra cosa que me movió la aguja fue dejar de pelearme con el mareo. Antes, cuando sentía que el piso se movía, me ponía tenso, apretaba los dientes y luchaba para que se fuera. Ahora, cuando aparece, trato de decirle: "Ahí estás de nuevo, ya sé que sos vos, no me vas a matar". Parece una pavada, pero sacarle el drama le quita fuerza. Es como un invitado pesado que, si le das bola, se queda más tiempo; si lo ignorás y seguís con lo tuyo, se termina aburriendo.

La vuelta a la calma es un camino largo

Después de unos tres meses de práctica diaria, empecé a notar que los episodios eran más cortos y menos intensos. Ya no necesitaba rozar las paredes para caminar por el pasillo. Empecé a recuperar la confianza en mi propio equilibrio. No es que el estrés haya desaparecido —la logística sigue siendo un caos—, pero mi forma de procesarlo cambió. Ya no dejo que el cuerpo llegue al punto de cortocircuito.

Hoy, mientras caminaba por el Parque San Martín, sentía el peso real de mis pies en el suelo, la textura de la tierra bajo las zapatillas. Es una sensación hermosa que uno da por sentada hasta que la pierde. Me acordé de aquellas mañanas de noviembre y me dio un poco de ternura conmigo mismo, por todo lo que me aguanté antes de pedir ayuda o de frenar la pelota.

Pies caminando sobre un sendero de tierra en el Parque San Martín de Mendoza.

Si sentís que el nudo en el pecho te está ganando, te recomiendo darte una vuelta por lo que escribí sobre cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral, porque a veces los mareos y el estómago van de la mano en este baile de la ansiedad.

Fijate que esto es lo que a mí me funcionó. Yo no soy psicólogo ni médico, soy un tipo que labura en una oficina y que tuvo que aprender a los golpes. Si la estás pasando muy mal, si sentís que el mundo no deja de girar y que no podés con vos mismo, hablá con un profesional de verdad. No tiene nada de malo, al contrario, es el primer paso para volver a pisar firme. La calma es un trabajo de hormiga, día a día, pero te aseguro que se puede volver a caminar sin sentir que el piso es de algodón.

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