
Eran mediados de enero y Mendoza era un horno. En la oficina de logística, el aire acondicionado hacía lo que podía, pero el ambiente estaba pesado, viste, como cuando sabés que algo va a reventar. Yo estaba frente al monitor, mirando una planilla de despachos con contenedores de 20 pies que no terminaba más, y de repente sentí que el pecho se me cerraba. No era dolor, era como si un nudo se me hubiera instalado justo abajo del esternón y no me dejara meter aire. Sentí ese sudor frío en las manos que te agarra cuando la notificación del grupo de WhatsApp de la empresa suena después de las seis de la tarde y ya sabés que se viene otro quilombo.
Llevaba tres semanas de entregas constantes, de esas donde no hay respiro. Me di cuenta de que no era solo cansancio de ese que se cura durmiendo un sábado hasta tarde. Era otra cosa. Estaba quemado. Antes de seguir, te cuento una cosa: cuando nombro algún curso acá, a veces el enlace tiene un seguimiento de Hotmart. Si te anotás por ahí, a mí me llega una comisión y a vos no te sale ni un peso más. Pero fijate que acá no pongo nada que no haya probado yo primero en mis semanas más jodidas; si no me sirvió para bajar un cambio, no te lo cuento.
Cuando el cansancio deja de ser normal
Fijate que uno siempre piensa que el agotamiento es una cuestión de horas de sueño. Yo decía: "Bueno, este finde me quedo en el molde, duermo doce horas y el lunes arranco como nuevo". Pero no pasaba. Me despertaba el lunes y sentía que tenía la cabeza llena de arena. La presión de la oficina se me había metido en el cuerpo. En logística, si un camión se traba en la cordillera o si un despacho sale mal, el responsable sos vos, y esa carga te va limando de a poco.
Ese enero, el viento Zonda bajó a la ciudad y la irritabilidad me subió al techo. Estaba insoportable. Mi jefa me decía algo mínimo y yo ya sentía que me palpitaba la sien. Ahí entendí que estaba en lo que los cursos llaman "burnout", pero que yo le digo estar fundido. Había ignorado todas las señales: el mal humor, el no poder concentrarme ni en una serie de diez minutos, y sobre todo, ese miedo sordo que me agarraba cada vez que miraba el calendario. Si querés saber más de cómo se siente eso, hace un tiempo escribí sobre cómo ganarle a la ansiedad y el estrés después de meses muy agotadores, porque me llevó un tiempo entender que no era flojera, era que el motor no daba más.
El error del descanso pasivo total
Acá es donde le erré feo durante mucho tiempo. Yo pensaba que para vencer el agotamiento mental tenía que desconectarme del todo, tipo modo avión, tirado en el sillón sin hacer absolutamente nada. Y resulta que, para una mente que viene a mil por hora, el silencio absoluto a veces es peor. Es como si frenaras un auto de carrera de golpe: el motor sufre. Me pasaba que me quedaba quieto y la cabeza empezaba a maquetar problemas: "¿Llegará el despacho del martes?", "¿Qué pasa si el cliente se queja?".
Aprendí, dándome la cabeza contra la pared y leyendo un poco, que el agotamiento mental profundo se resuelve mejor con lo que algunos llaman "activación de baja demanda". Básicamente, es hacer algo que te ocupe un poquito la cabeza pero sin presión. En lugar de mirar el techo, me puse a ordenar mis herramientas en el patio o a caminar por el Parque San Martín. Son 420 hectáreas de verde, y aunque parece que te cansás físicamente, la cabeza se te va limpiando porque estás procesando cosas livianas.
En esos momentos en el parque, con el olor a tierra seca y hojas de eucalipto, intentaba por fin que me saliera la famosa técnica de respiración 4-7-8. El curso que estaba haciendo decía: inhalás en 4 segundos, retenés 7 y soltás en 8. Al principio me desesperaba, sentía que me ahogaba en el segundo 5 de la retención. Pero después de fallar mil veces, un día me hizo clic. No se trataba de hacerlo perfecto, sino de obligar a mi sistema a entender que no había un león persiguiéndome, solo eran planillas de Excel.
El punto de quiebre de un domingo a la noche
Hubo un domingo, hace un par de meses, que fue el límite. El pecho se me cerró tanto que me asusté de verdad. No podía dejar de pensar en el lunes. Sentía que las caminatas por el parque, que tanto me ayudaban, ya no eran suficientes si no cambiaba el "chip" mental de fondo. Estaba atrapado en un ciclo de sobrepensar todo lo que podía salir mal en el laburo. Si te pasa lo mismo, te recomiendo leer sobre la ansiedad del domingo a la noche, porque ahí cuento bien cómo es ese nudo en la panza.
En medio de ese bajón, decidí darle una oportunidad seria a un enfoque más estructurado. Ya no quería tips sueltos de Instagram. Ahí fue cuando me metí de lleno en /rec/main. Lo que me gustó es que no te viene con teorías raras ni palabras de psicólogo que no entiendo. Te da hábitos diarios, cosas chiquitas para ir haciendo que te van reseteando la cabeza mientras seguís con tu vida. No te pide que te vayas a vivir a la montaña, te enseña a manejar el quilombo de la oficina sin que se te detone el sistema nervioso.
Lo que me movió la aguja de verdad
Lo que aprendí con ese enfoque es que el agotamiento no se va de un día para el otro, se va por acumulación de pequeñas victorias. Empecé a aplicar lo que decía sobre los límites: si el grupo de laburo suena a las siete, no se mira. Parece una pavada, pero para alguien que vive pendiente de los contenedores, es un mundo. También probé otras cosas, como el programa de 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad, porque me di cuenta de que gran parte de mi agotamiento venía de dudar de mis decisiones en las reuniones, lo que me hacía trabajar el doble para estar "seguro".
Fijate que el curso de Reset Mental hace mucho hincapié en no buscar la desconexión total, sino en encontrar esos momentos de flujo donde la mente descansa trabajando en algo que le gusta. Yo empecé a dedicarle veinte minutos a arreglar un reloj viejo que tenía mi abuelo. Nada que ver con la logística. Esa activación de baja demanda fue lo que me permitió bajar revoluciones sin que la ansiedad por la inactividad me matara. El curso dice que hay que "reentrenar el umbral de alerta", y yo lo traduje como: dejar de estar en modo guerra todo el día.
El balance después de la tormenta
Hoy sigo en el mismo puesto de logística. Los contenedores de 20 pies siguen llegando y los problemas en la aduana no desaparecieron. Pero yo ya no soy el mismo. Ahora sé cuándo mi mente necesita un reinicio antes de que el cuerpo me obligue a parar. Ya no espero a estar fundido para ir al parque o para aplicar mis ejercicios de respiración. Si noto que mis manos empiezan a transpirar frente al monitor, paro dos minutos, hago el 4-7-8 y sigo.
Si sentís que las semanas de presión te están pasando por arriba, fijate si no estás intentando descansar de la forma equivocada. A veces, tirarse a dormir no es la solución, sino buscar una actividad que te saque del bucle sin exigirte nada a cambio. A mí /rec/main me dio la estructura que me faltaba para no volver a caer en ese pozo de agotamiento extremo. No es magia, es constancia diaria, pero te aseguro que vale la pena sentir que sos dueño de tu cabeza otra vez.
Eso sí, acordate siempre que yo soy un tipo que labura en una oficina, no soy médico ni terapeuta. Si sentís que la angustia te supera o que el pecho se te cierra muy seguido, no lo dejes pasar y hablá con un profesional de la salud mental. Yo lo hice en su momento y fue lo que me dio el empujón para empezar a buscar estas herramientas. Cuidate, che, que el laburo es solo laburo.
Si querés probar lo que a mí me ayudó a ordenar los patitos, pegale una mirada a Reset Mental. A mí me sirvió para dejar de sentir que vivía en una emergencia constante y empezar a disfrutar de una caminata por el parque sin pensar en la oficina.
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