Taller Calma

Cómo aliviar la acidez por estrés laboral después de meses de presión

2026.09.18
Cómo aliviar la acidez por estrés laboral después de meses de presión

Eran pasadas las once de la noche de un martes y yo seguía mirando la pantalla. Tenía una planilla abierta con el cronograma de despachos de la semana y me ardía todo. No era un ardor cualquiera, era un fuego que me subía por la garganta y me dejaba un sabor metálico y amargo en la parte de atrás de la lengua, ese que aparece cada vez que sonaba el teléfono de la oficina y yo ya sabía que era un problema con un flete. Me tomé un antiácido, el tercero del día, y me di cuenta de que ya no me hacía nada. El fuego seguía ahí, firme.

Llevaba unos seis meses así, desde finales del verano pasado hasta esta primavera. En la empresa de logística donde laburo, las cosas se pusieron picantes. Entre los cambios de rutas y la presión por los tiempos de entrega, mi estómago se volvió un volcán. No es que comiera mal de por sí, pero el estrés me estaba cocinando por dentro. Sentía ese nudo apretado justo debajo de las costillas que no se relajaba ni cuando apagaba la computadora y me iba a acostar. Es una sensación horrible, porque parece que el cuerpo se olvida de cómo apagarse.

El error de querer tapar el fuego con las manos

Durante las semanas más frías del invierno, mi solución fue la más básica y la más errada: meterle más café para aguantar y picotear cualquier cosa para 'asentar' el estómago. Viste que siempre te dicen que si tenés acidez tenés que comer poquito y seguido. Bueno, fijate que a mí eso me terminó de arruinar. Yo andaba con el paquete de galletitas de agua o la fruta todo el día, pensando que así el ácido tenía algo que hacer.

Lo que no sabía, y que después entendí leyendo un poco sobre el esfínter esofágico inferior, es que ese picoteo constante mantenía la 'puertita' del estómago relajada innecesariamente. Cuando estás bajo mucho estrés, tu sistema nervioso simpático está a mil, y eso de por sí ya altera cómo fluye la sangre en tu sistema digestivo. Si encima le das comida cada media hora, el esfínter no se cierra nunca del todo y el ácido, que normalmente tiene un pH de entre 1.5 a 3.5, termina subiendo por donde no debe.

Primer plano de mano sobre papeles de logística con antiácidos y café frío.

Ese lunes por la mañana hace poco, me encontré en el depósito contando Europallets de 1200 x 800 mm, tratando de concentrarme, pero el reflujo me estaba matando. Me costaba hasta respirar hondo. Ahí fue cuando me cayó la ficha: no era la comida, era el laburo que se me había metido en la boca del estómago. Ya había pasado por esto antes con otros síntomas, como cuando te conté sobre cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral, pero esta vez el fuego era físico, real y constante.

Lo que de verdad me movió la aguja

Empecé a probar cosas distintas. Primero, corté con el mito de las colaciones permanentes. Dejé que el estómago descansara entre comidas. Fue duro al principio porque el hambre por ansiedad te pide masticar algo, pero me obligué a respetar los espacios. Lo otro que hice fue empezar a caminar por el Parque San Martín después de salir de la oficina. No a correr como un loco, sino a caminar, mirando los árboles, dejando que el aire de Mendoza me bajara un cambio antes de llegar a casa.

En uno de esos cursos que hice, específicamente uno sobre Renuevate Cuerpo y Mente, hablaban mucho del nervio vago. Yo al principio pensaba que era puro humo, otra palabra de moda. Pero resulta que ese nervio es el que le dice al cuerpo 'che, pará, ya no estamos en peligro, podés digerir tranquilo'. Si vivís en modo alerta, el nervio vago se desconecta y tu digestión se vuelve un desastre.

Empecé a practicar una respiración que me costó un montón. Se supone que tenés que inflar la panza, no el pecho. Las primeras veces sentía que me ahogaba, o me daba más acidez por la presión. Pero después de unos dos meses de práctica constante, algo hizo clic. Aprendí que la respiración diafragmática ayuda a masajear el hiato esofágico. Es algo mecánico: si el diafragma está tenso, el ácido sube más fácil. Si lográs relajar esa zona, la válvula funciona mejor.

No es solo lo que comés, es cómo estás

Mucha gente se gasta fortunas en dietas alcalinas o suplementos caros. Yo te digo, por lo que viví estos meses, que si no bajás la tensión de la oficina, no hay dieta que te salve. El estrés crónico hace que tu cuerpo mande la sangre a los músculos (para 'pelear o huir') y deje el estómago a la buena de Dios. Por eso sentís que la comida te cae como una piedra de 20 kilos.

Zapatillas caminando sobre grava en el Parque San Martín de Mendoza al atardecer.

Aprendí a soltar los problemas de logística antes de cruzar la puerta de mi casa. Si quedó un camión varado o si las planillas no cierran, me digo a mí mismo que ya hice lo que pude. Es un ejercicio mental constante. Fue parte de lo que aprendí para relajar el sistema nervioso tras semanas de estrés y te juro que repercute directo en la panza. Cuando dejé de rumiar los problemas del depósito mientras cenaba, el fuego empezó a apagarse solo.

Hoy, aunque sigo en el mismo puesto y el laburo sigue siendo una locura a veces, ya no tengo ese sabor amargo todo el tiempo. Sé que si empiezo a sentir el calorcito en el pecho, tengo que parar, respirar tres veces con la panza y alejarme de la cafetera.

Mirá, te lo digo como un amigo que estuvo ahí: yo no soy médico, ni nutricionista, ni nada que se le parezca. Soy un tipo que se cansó de vivir a base de pastillas para la acidez. Si vos sentís que el fuego no para o si te duele posta, no seas dejado y hablá con un profesional de la salud. Lo que yo te cuento es lo que me sirvió a mí para no volverme loco entre pallets y despachos, pero cada cuerpo es un mundo y a veces hace falta un médico que te revise bien por dentro.

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