
Estoy parado al lado de la impresora del depósito, esperando que salga la planilla de despachos de la semana, y ni se me ocurre mirar el reloj — lo único que registro es ese ardor que me sube por la garganta con gusto metálico, como si me hubiera tragado una moneda vieja. No es la primera vez que me pasa por acá. Llevo un rato largo con esta acidez por estrés pegada al cuerpo, y ya perdí la cuenta de cuántos antiácidos me tomé tratando de apagarla.
En la empresa de logística donde laburo, la presión viene de las rutas que cambian de un día para el otro y de los tiempos de entrega que nunca alcanzan. Ahí fue donde entendí que esto de la acidez no se iba a resolver solo con lo que como — tenía que ver con el manejo del estrés en serio, con la salud digestiva como un síntoma más de todo lo que pasa en la cabeza y en el cuerpo, no como un problema aparte. Bienestar laboral, para mí, empezó a significar bajarle un cambio al sistema antes de que el estómago pagara los platos rotos.
El manejo del estrés como salida para la acidez
Antes de entender eso, probé lo obvio: comer poco y seguido, para que el estómago "tuviera algo que hacer". Andaba todo el día con alguna fruta o galletitas en el bolso, picoteando cada rato porque en algún lado leí que así se controlaba el ácido. Me salió al revés — el fuego seguía prendido igual, y encima ya no tenía hambre real nunca. Otra cosa que probé fue anotar en un cuaderno, antes de dormir, todo lo que me tenía con culpa o con bronca del laburo, pensando que ponerlo en palabras me iba a bajar la carga. Terminé peor: escribir la lista de quilombos del depósito no la achicaba, la agrandaba, y me iba a la cama masticando cada ítem de nuevo en la cabeza. Ese cuaderno terminó en un cajón.
Buscando un poco sobre el esfínter esofágico inferior entendí que ahí hay una especie de válvula, y que estar en alerta todo el día no ayuda a que cierre bien. Un curso online que había arrancado por esos días hablaba mucho del nervio vago, como si fuera la explicación de todo. A mí la teoría completa no me cerraba, pero algo de razón tenía: con el cuerpo en modo alerta todo el tiempo, no se digiere igual.
El fuego está en el plato o en la cabeza
Ahí es donde vale la pena separar las dos cosas, porque se mezclan todo el tiempo. Por un lado está lo que comés y cuándo lo comés: el picoteo constante, el café de más, la comida rápida entre llamado y llamado. Por el otro lado está el estado del cuerpo mientras comés, que tiene que ver con cómo tenés la cabeza en ese momento. No era la primera vez que el cuerpo me pasaba factura por el laburo — ya me había pasado con otro síntoma parecido, como conté en cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral, pero esta vez el fuego era en la garganta y no aflojaba con nada de lo que probaba en el plato.
Lo que sí empecé a sostener fue una respiración distinta, metiendo la panza en vez del pecho — la respiración diafragmática, de la que hablé más en detalle en otro texto sobre ataques de pánico, acá simplemente la uso como una forma de bajar la guardia antes de comer. Las primeras veces me costó horrores, sentía que me ahogaba o que la presión me daba más acidez todavía, pero sostenida un rato largo, empezó a notarse: menos nudo debajo de las costillas, menos ardor después de comer. Lo que estaba haciendo, en criollo, era ayudar al cuerpo a bajar de modo alerta a modo digestión — lo que algún curso llama regulación autónoma y yo llamo simplemente dejar de tensar todo. El fuego en la garganta, entendí, era otra forma más de somatizar el estrés del laburo, la misma bronca que en otro momento se me había instalado como nudo en el estómago.
Caminar el Parque General San Martín le ganó al antiácido
Si tengo que elegir qué me cambió más la cosa, no fue ningún truco de dieta: fue empezar a caminar por el Parque General San Martín al salir de la oficina, antes de volver a casa. Nada de trotar ni de cronometrar nada, solo caminar mirando los árboles y dejando que la cabeza se despegara un rato del cronograma de fletes. Ese rato de caminar, que en otro momento llamé recuperación activa, le hacía más al estómago que cualquier pastilla que me tomé en todo este tiempo. Un par de veces me crucé por ahí con Yanina, la vecina del cuarto piso, dando una vuelta ella también; una vez me prestó un libro sobre el tema y ni se acordó de pedírmelo de vuelta, cosa que le pasa seguido.
Cerrar la puerta del laburo antes de sentarte a comer
Otra cosa que ayudó fue empezar a soltar los quilombos del depósito antes de cruzar la puerta de casa. Si quedó un camión varado o si las planillas no cerraron, me digo que ya hice lo que pude por ese día y corto ahí. Es un ejercicio que sigo practicando, no algo que se aprende una vez y ya, y tiene que ver con lo que escribí en lo que aprendí para relajar el sistema nervioso tras semanas de estrés, ahí lo conté con más detalle. Una presión acumulada que nunca se suelta en ningún momento del día es lo que en algún curso llaman carga alostática; a mí me alcanza con decir que un cuerpo que nunca afloja termina por facturarte de alguna forma, y a mí me facturó por el lado del estómago.
Una vecina, Cintia, me paró hace poco en la verdulería del barrio y me contó que le pasa algo parecido, y que le anda pasando el blog a sus compañeras de laburo sin que se lo pidan porque se sintió reflejada. Le dije lo mismo que te digo acá: si el fuego aparece una vez cada tanto, por un mal día puntual, un antiácido te puede sacar del paso sin drama. Pero si el ardor es todos los días y no afloja, ahí ningún antiácido alcanza. Lo que sirve es bajarle la presión al cuerpo entero, no solo taparle la boca al estómago.
Te lo digo como alguien que pasó por esto y no como alguien que sabe de medicina: no soy médico ni nutricionista. Si el fuego no te afloja o te duele feo de verdad, no te quedes con lo que leas acá, hablalo con un profesional de la salud. Lo que yo cuento es lo que a mí me sirvió para no vivir a pastillas entre pallets y despachos, pero cada cuerpo es un mundo aparte.
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