Taller Calma

Cómo frenar la caída del cabello por estrés y agotamiento laboral

2026.09.24
Cómo frenar la caída del cabello por estrés y agotamiento laboral

Fue un lunes de mayo, de esos con frío seco acá en Mendoza que te cuartean hasta el alma. Estaba frente a la compu, renegando con una planilla de logística que no cerraba ni a ganchos, cuando bajé la vista y vi el teclado. Estaba cubierto de pelos. No uno ni dos, sino un tendal que no debería estar ahí. Sentí un frío distinto, uno que te sube por la espalda.

Pasé la mano por la nuca y sentí esa punzada de ansiedad en el estómago cada vez que pasaba la mano por mi nuca y sentía que el volumen ya no era el mismo. No era la edad, era el cuerpo pasándome factura. En la oficina las entregas venían demoradas, el jefe estaba intratable y yo dormía de a ratos. Mi cabeza era un hervidero de cortisol y, por lo visto, mi pelo estaba pagando los platos rotos de tanto agotamiento.

Cuando el cuerpo decide qué es importante y qué no

Al principio me desesperé. Fui directo a la farmacia a comprar lociones que te prometen melena de león en tres días, pero la verdad es que era puro humo. Lo que no entendía en ese momento, y que después me cayó la ficha haciendo un curso que se llama Renuevate Cuerpo y Mente, es que el estrés crónico genera un choque metabólico. Tu cuerpo, que es sabio pero medio bruto, entra en modo supervivencia.

Fijate lo que pasa: cuando estás quemado por el laburo, el organismo prioriza los órganos vitales —el corazón, los pulmones, el cerebro— y le corta el chorro a lo que considera 'lujo', como el pelo o las uñas. Es como si en la empresa donde trabajo cortaran el café y las facturas para poder pagar el gasoil de los camiones. El pelo entra en lo que los médicos llaman efluvio telógeno, que básicamente es el folículo diciendo 'che, yo acá cierro por reformas hasta que las cosas se calmen'.

Primer plano de una mano junto a un mate sobre un escritorio de madera.

Me acuerdo de las duchas largas, sintiendo el tacto frío del agua en la nuca durante las duchas largas, tratando de no mirar el desagüe para no contar cuántos cabellos perdí hoy. Se supone que el límite superior de caída diaria normal es de unos 100 cabellos, pero yo sentía que se me iba la vida por el caño. Me costó entender que no era un problema de champú, sino de que mi sistema nervioso estaba prendido fuego.

La trampa del tiempo y la calma necesaria

Después de unas ocho semanas de intentar bajar un cambio, me agarró la bronca porque el pelo seguía cayéndose. Ahí es donde el curso me enseñó algo clave: la duración de la fase telógena es de unos 3 meses. Eso significa que el pelo que se te cae hoy es el que 'murió' por el susto o el pico de estrés que tuviste hace noventa días. Es un delay de locos, pero entenderlo me salvó de volver a caer en los ataques de pánico.

Si no tenés paciencia, el mismo estrés por ver la caída hace que el ciclo no se corte nunca. Es un círculo vicioso. Empecé a meter caminatas por el Parque San Martín después de salir de la oficina, tratando de que el aire de los portones me limpiara un poco la cabeza. No te digo que fue mágico, pero ayudó a que mi cuerpo dejara de sentirse bajo ataque constante. Si te pasa que el estrés te brota por otros lados, como me pasó a mí, quizás te sirva leer sobre cómo aliviar las manchas en la piel por estrés y nervios constantes, porque al final todo es parte del mismo quilombo interno.

Aprendí a no mirar el peine. Me obligué a dejar de chequearme el volumen cada diez minutos frente al espejo del baño de la oficina. Esa obsesión solo alimentaba la ansiedad que me había llevado a ese estado. También me di cuenta de que si no mejoraba mis noches, no había tratamiento que valiera. Empecé a mejorar el descanso nocturno tras meses de mucho agotamiento, porque es ahí, cuando dormís de verdad, donde el cuerpo repara los tejidos y, con suerte, le vuelve a mandar nutrientes a los folículos.

Persona caminando por el Parque General San Martín entre árboles y hojas de otoño.

Volver a habitar el cuerpo sin apuro

Hacia fines de agosto, el panorama cambió. No fue de un día para el otro, pero un día me pasé la mano por la cabeza y ya no sentí ese vacío ralo. Los pelitos nuevos empezaron a asomar. Entendí que el pelo vuelve cuando uno decide volver a habitar su cuerpo sin tanto apuro por llegar a metas imposibles que solo existen en la cabeza de tu jefe.

Mirá, yo no soy médico ni dermatólogo, soy un tipo que labura en operaciones y que se asustó cuando se vio los claros en la cabeza. Lo que te cuento es lo que me sirvió a mí: entender que el cuerpo tiene sus tiempos y que el sistema nervioso manda sobre todo lo demás. Si ves que la caída es muy bestia o que no para con nada, haceme el favor y andá a ver a un profesional, un dermatólogo o un clínico que te pida unos análisis, porque a veces puede ser otra cosa y no solo el laburo.

Frenar la caída fue, en realidad, aprender a frenar yo. Dejar de correr detrás de planillas que mañana a nadie le importan y empezar a cuidar el envase, porque es el único que tenemos. Hoy, cuando veo un par de pelos en el teclado, ya no me desespero; respiro hondo, me acuerdo del ciclo de los tres meses y me pregunto si no es momento de cerrar la laptop y salir a caminar un rato bajo los árboles.

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