Taller Calma

Cómo mejorar el descanso nocturno tras meses de mucho agotamiento

2026.07.09
Cómo mejorar el descanso nocturno tras meses de mucho agotamiento

Eran mediados de agosto del año pasado y yo estaba ahí, otra vez, mirando las sombras del techo mientras mi cabeza seguía repasando planillas de logística sin poder frenar. ¿Viste cuando el cuerpo te pesa una tonelada pero el cerebro está como si se hubiera tomado tres termos de café? Bueno, así. El invierno en Mendoza es seco, y esa noche el aire se sentía más pesado que de costumbre. Hacía meses que venía en modo supervivencia en la oficina, con ese agotamiento que se te mete en los huesos y que no se va por más que te quedés quieto.

Tenía esa sensación de 'quemazón' en los ojos tras diez horas frente al Excel que no desaparece al cerrarlos. Es un ardor raro, como si la luz de la pantalla se te hubiera quedado pegada en la retina. En ese momento, lo único que quería era apagar el mundo, pero cuanto más me obligaba a dormir, más despierto estaba. Me levanté a buscar agua y sentí el frío del piso de la cocina en los pies mientras escuchaba el viento Zonda afuera, ese silbido que te pone los pelos de punta y no ayuda para nada a bajar un cambio.

El techo, el Excel y las sombras de agosto

El problema es que cuando llevás meses de mucho laburo, el cansancio deja de ser normal y se vuelve algo que te altera todo el sistema. Yo laburo en operaciones, y entre los camiones que no llegan y las planillas que no cierran, mi cabeza se acostumbró a estar en alerta las veinticuatro horas. A fines de noviembre la cosa se puso peor. Ya no era solo que me costaba dormirme, sino que me despertaba a cualquier hora con el corazón a mil, pensando si había mandado el mail de los remitos.

Intenté de todo. Me bajé aplicaciones de ruido blanco, probé con gotas de valeriana, y hasta me compré una de esas almohadas caras que te prometen el cielo. Pero nada funcionaba porque mi error inicial era intentar forzar el sueño como si fuera una tarea más de la oficina. Me ponía recordatorios en el celular: 'A las diez tenés que estar relajado'. Y claro, llegaban las diez y me agarraba una ansiedad bárbara porque no estaba relajado. El curso que estaba haciendo en Hotmart sobre bienestar decía que hay que tener una rutina estricta, pero a mí esa rigidez me estaba matando más que el insomnio mismo.

Escritorio con un mate frío y un cuaderno bajo la luz de la tarde

La ciencia que no te cuentan en la oficina

Después de unas tres semanas de prueba y error, empecé a leer un poco más por mi cuenta para entender qué me pasaba. Ahí me enteré de algo que me voló la cabeza: la longitud de onda de la luz azul, que anda entre los 450-495 nanómetros, es la que le dice a tu cerebro que es de día. Y yo me pasaba doce horas mirando esa luz en el monitor. El curso hablaba de la melatonina con palabras raras, pero yo lo entendí a lo bruto: si le metés esa luz al ojo hasta último momento, el cuerpo no fabrica el 'jugo' que necesitás para desconectar.

También entendí lo de la adenosina. Es como un químico que se te va juntando en la cabeza mientras estás despierto; cuanta más tenés, más ganas de dormir te dan. Pero si vivís a base de café y estrés de logística, esa presión de sueño se te desajusta. Me di cuenta de que el descanso no empezaba cuando apagaba la luz, sino mucho antes. Si el día había sido un caos de llamados y planillas, no podía pretender que mi cerebro hiciera un 'clic' y se durmiera en cinco minutos.

Cuando la "higiene del sueño" se vuelve otra tarea de la oficina

Fijate que hay un consejo muy común que es el de la higiene del sueño. Te dicen: no uses el celular, bajá las luces, hacé esto y aquello. Yo lo seguí al pie de la letra y fue un desastre. Me sentía un nene de primaria haciendo los deberes. Si me pasaba cinco minutos de la hora de apagar la tele, ya me castigaba pensando que mañana iba a estar destruido. Y esa presión es lo peor que podés hacerte si ya venís con ansiedad en la oficina por el laburo acumulado.

Acá es donde mi opinión se separa un poco de los gurúes. Para mí, forzar una rutina de relajación estricta genera más ansiedad que el insomnio mismo. A veces, la solución es mandar a pasear todas las reglas y simplemente aceptar que esa noche vas a dormir poco. Una noche de lluvia el otoño pasado, me cansé de dar vueltas. Me levanté, me serví un vaso de agua y me puse a mirar la lluvia por la ventana sin hacer nada 'productivo' para dormir. Y sabés que, a los veinte minutos, el bostezo vino solo. Sin aplicaciones, sin aceites esenciales, sin nada.

Lo que aprendí entre el parque y la temperatura de la pieza

El punto de inflexión real fue cuando empecé a usar las tardes de otra manera. En vez de salir de la oficina y meterme directo en la cama a ver series, empecé a ir al Parque San Martín. Ese contacto con la luz natural de la tarde, aunque fuera un rato, me ayudó a regular el reloj interno. Descubrí que caminar por el Parque San Martín me salvó del agotamiento mental porque le daba a mi cuerpo la señal de que el día laboral se había terminado de verdad.

También le di bola a lo que decía un manual sobre la temperatura ambiente recomendada para dormir, que son unos 18 grados Celsius. En Mendoza, con la calefacción a veces nos pasamos de rosca y terminamos durmiendo en un horno. Empecé a ventilar más y a dormir con la pieza más fresca, y noté que no me despertaba tanto a mitad de la noche. Es un detalle chiquito, pero cuando venís de meses sin pegar un ojo, cualquier cosita suma.

Calle arbolada de Mendoza vista a través de una ventana en una tarde lluviosa

La trampa de forzar la calma (y por qué a veces hay que soltar)

Otra cosa que me sirvió fue entender la duración promedio de un ciclo de sueño humano, que es de unos 90 minutos. Antes, si me despertaba a las tres de la mañana, me desesperaba. Ahora sé que si me despierto entre ciclos es normal, y que lo mejor es no pelearse con la almohada. Si no me duermo, me levanto un ratito. No te digo que te pongas a limpiar la casa, pero quedarte ahí rumiando los problemas de logística es lo peor que podés hacer.

A veces, la clave para ganarle a la ansiedad y el estrés después de tanto tiempo es dejar de intentar controlarlo todo. Yo quería controlar hasta mis sueños, y la verdad es que el sueño es una consecuencia de cómo viviste el día. Si estuviste a mil, el cuerpo necesita un tiempo de 'aterrizaje'. No podés pretender bajar de cien a cero en un segundo. Yo aprendí a darme ese tiempo, a veces leyendo algo que no tenga nada que ver con el laburo o simplemente escuchando el silencio de la noche mendocina.

Ojo, yo te cuento esto como un tipo que labura en un escritorio y que la pasó mal, no soy médico ni nada parecido. Lo que me funcionó a mí fue dejar de ver al sueño como una obligación y empezar a verlo como un premio. Si vos sentís que el pecho se te cierra o que el agotamiento ya te supera y no podés ni manejar, no lo dudes y hablá con un profesional. A veces hace falta una mano extra para salir del pozo, y no tiene nada de malo pedirla.

Hoy, después de meses de ir reconstruyendo mi rutina, puedo decir que duermo mejor. No es perfecto, hay noches de Zonda o de mucho laburo donde me cuesta, pero ya no me asusto. Sé que el sueño va a venir, y que si una noche no viene, mañana tendré otra oportunidad. Al final, se trata de tratarse a uno mismo con un poco más de paciencia, como tratarías a un amigo que está pasando por un mal momento.

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