Taller Calma

Pasos para dominar la ansiedad antes de que afecte tu rendimiento laboral

2026.06.29
Pasos para dominar la ansiedad antes de que afecte tu rendimiento laboral en la oficina

Cuando el cansancio dejó de ser solo cansancio

No hay un momento exacto en que el cansancio de todos los días se convierte en otra cosa, en algo que ya no se arregla durmiendo un poco más el fin de semana. Yo tampoco sabría decírtelo con precisión, y esa es en parte la razón por la que escribo esto. Trabajo en operaciones de una empresa de logística acá en Mendoza, entre planillas de despacho y llamados que se acumulan, y durante mucho tiempo el estrés laboral me pareció parte normal del trabajo. La salud mental de los hombres que laburamos ocho horas sentados frente a una pantalla no es un tema que se hable mucho en un asado, pero el cuerpo tarde o temprano te pasa la factura igual, hables de eso o no, y el bienestar en el trabajo dejó de parecerme un lujo para pasar a ser algo bien concreto. Dominar la ansiedad, en mi caso, no arrancó con ninguna decisión grande: arrancó con manos que temblaban un poco sobre el teclado sin que hubiera pasado nada extraordinario ese día.

Fueron señales chiquitas, al principio. Un lunes cualquiera notaba que respiraba distinto durante una reunión común y corriente. Otro día me daba cuenta de que llevaba media hora apretando la mandíbula sin saberlo. Nada de eso me parecía grave por separado, pero sumado empezó a comerme el rendimiento: números mal cargados, un envío que mandé a la dirección que no era, cosas que antes no me pasaban. Ahí fue cuando empecé a buscarle la vuelta, sin mucha idea de por dónde arrancar y con la sensación de estar remando en un río que yo mismo había represado.

Manos apoyadas sobre un teclado de oficina reflejando la tensión del estrés laboral

Contra el estrés laboral, lo primero que probé no sirvió

Como hace cualquiera, arranqué buscando en internet. Encontré un montón de meditaciones guiadas en YouTube, de esas de veinte minutos con música de fondo, y me propuse hacer una todas las noches antes de dormir. La primera semana me quedaba dormido a los cinco minutos, cosa que en un punto está buena pero no resolvía nada del día siguiente. Las veces que sí lograba mantenerme despierto, me pasaba lo contrario: a los dos minutos de "quedate quieto y no pienses en nada" empezaba a ponerme más ansioso, no menos, como si la instrucción misma de estar tranquilo me recordara todo lo que no lo estaba.

Con eso aprendí algo que me costó bastante aceptar: no todo lo que le funciona a otro te funciona a vos, y ninguna técnica es automáticamente la correcta solo porque la recomienda mucha gente. Lo que sí empecé a notar, con el tiempo, es que había momentos del día en los que estaba más cerca de perder pie que otros. Algunos le llaman a eso quedarse afuera de la ventana de tolerancia, un término que escuché por ahí y que no voy a desarrollar acá porque no es mi terreno, pero la idea general me sirvió: hay un rango donde podés manejar el estrés sin que te desborde, y otro donde ya no.

El respaldo del auto y los hombros que bajaron solos

Recién como a la quinta semana de estar prestándole atención a esto pasó algo que no tiene nada de dramático pero que me quedó grabado. Era un lunes, volvía manejando a casa después del laburo, y en un semáforo largo apoyé la espalda contra el respaldo del asiento. Sentí que los hombros se me aflojaban solos, como si alguien les hubiera sacado un peso de encima sin avisarme. No hice ninguna técnica en ese momento, no conté segundos ni respiré de ninguna manera especial. Simplemente el cuerpo soltó algo que venía cargando desde la mañana.

Esa fue la primera vez que noté, de una forma bien concreta, que el descanso no siempre llega cuando lo estás buscando a propósito. A veces llega cuando dejás de exigirte que llegue. Los días en que el estrés se acumulaba de más, notaba la carga cognitiva en cosas chiquitas: perdía el hilo de una planilla que hago hace años, releía un mail tres veces sin entenderlo. También empecé a meterle mano de a poco a la respiración diafragmática, esa que se hace con la panza y no con el pecho, aunque ese es un tema que desarrollé más largo en otra nota y acá lo dejo solo mencionado. Nombrar lo que me pasaba, sin juzgarme tanto, fue lo que realmente empezó a mover algo.

Banco bajo los árboles de Plaza Independencia, Mendoza, al atardecer

Lo que me escribió una lectora desde Córdoba

Hace un tiempo me escribió una lectora, Julieta Maldonado, después de leer lo que conté acá sobre un episodio de pánico en plena oficina. Me mandó un mail larguísimo, con detalles que la mayoría de la gente no se molesta en poner por escrito, contándome que sintió que alguien había puesto en palabras exactamente lo que ella vivía todos los domingos antes de arrancar la semana. Ese malestar antes de que llegue el lunes tiene nombre, algunos le dicen ansiedad anticipatoria, y yo también lo sentí bastante en su momento, sobre eso escribí más largo en qué hago cuando el domingo a la noche se pone difícil. Lo que más me quedó de ese mail es que a veces no hace falta un consejo nuevo: alcanza con que alguien te diga que no estás inventando lo que sentís.

Cuaderno personal con notas manuscritas y anteojos, símbolo de llevar registro para dominar la ansiedad

Caminar por Plaza Independencia después del laburo

Una de las cosas que más terminé usando fue algo simple: caminar por Plaza Independencia al salir de la oficina, antes de volver directo a casa. No hace falta mucho, un par de vueltas por la plaza, mirar los puestos que a veces se arman ahí, dejar que la cabeza se despegue un rato de los despachos y los llamados. Si tuve una reunión pesada, ese rato caminando me baja las revoluciones antes de llegar a la puerta de casa con toda esa tensión todavía encima.

Un amigo de la facultad, Rodrigo Albornoz, me manda audios larguísimos cada tanto en vez de escribir un mensaje corto, y en uno de esos audios, hace poco, me preguntó justamente cómo venía con todo esto. Le conté lo de las caminatas y se rió, porque según él siempre fui de los que necesitan moverse para pensar bien. Si sentís que el pecho se te aprieta de golpe en pleno laburo, ya escribí con más detalle sobre qué hacer cuando el pecho se aprieta por el estrés del laburo, porque a mí me sirvió entender que esa sensación no era un capricho mío, sino el cuerpo pidiendo pista. Mi manera de cuidar el bienestar acá en Mendoza terminó siendo bastante más simple de lo que pensaba al principio: caminar, respirar sin forzar nada y prestar atención antes de que la cosa se ponga fea.

No busques eliminar la ansiedad, buscá reconocerla a tiempo

Lo que antes me parecía pura casualidad hoy lo pienso más como algo parecido a la regulación autónoma, un término que fui aprendiendo de rebote y que tampoco pretendo explicarte acá en detalle. Si hay una sola cosa que me gustaría que te lleves de todo esto, es que no se trata de eliminar la ansiedad de raíz ni de convertirte en alguien que nunca se pone nervioso. Se trata de agarrarla temprano, cuando todavía es manejable, en vez de esperar a que te tape como una ola grande. A mí me llevó bastante notar mis propias señales, la mandíbula, la pierna que se mueve sola, el mail que releo sin entender, y seguramente las tuyas sean distintas, así que la tarea es encontrar cuáles son las tuyas, no copiar las mías al pie de la letra.

Y si notás que ni caminando, ni prestando atención a tiempo, ni nada de lo que probaste te baja un cambio, hacete un favor y hablalo con un psicólogo o un profesional de salud mental. Yo lo hice en un momento particularmente difícil y fue una de las mejores decisiones que tomé, porque hay cosas que un tipo que te cuenta su propia experiencia por internet simplemente no puede resolverte. El laburo importa, la logística importa, pero ninguna planilla vale más que tu cabeza en paz.

Cuidate, che. Andá despacio con esto.

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