Taller Calma

Pasos para dominar la ansiedad antes de que afecte tu rendimiento laboral

2026.06.29
Pasos para dominar la ansiedad antes de que afecte tu rendimiento laboral

El día que el aire me quedó corto entre planillas y camiones

Fue a finales de la primavera pasada, un día de esos en los que el calor acá en Mendoza ya te empieza a avisar que el verano va a ser bravo. Estaba en mi escritorio, rodeado de carpetas y con la pantalla llena de planillas de despachos que no me cerraban por ningún lado. De repente, el sonido metálico de los camiones entrando al playón de carga, ese ruido que escucho todos los días hace años, se me metió adentro de la cabeza como si estuvieran descargando piedras en mi nuca. Sentí que las manos me temblaban sobre el teclado y, por primera vez en mi vida, el aire no me alcanzaba. Me asusté, che. Me asusté en serio porque el laburo siempre fue pesado, pero nunca me había pasado que el cuerpo me dijera 'basta' de esa manera tan bruta.

En ese momento no sabía qué hacer. Me quedé duro, mirando el cursor titilando en el Excel, sintiendo que si me movía me iba a desarmar. Ahí fue cuando entendí que la ansiedad no era algo que me pasaba 'en la cabeza', sino algo que me estaba comiendo el rendimiento y las ganas de estar ahí. Había pasado meses ignorando las señales, pensando que era solo cansancio, hasta que el cuerpo me puso el freno de mano en pleno lunes a la mañana. No soy psicólogo ni nada que se le parezca, soy un tipo que labura en logística, pero ese día me di cuenta de que si no aprendía a manejar eso, el laburo me iba a terminar manejando la vida a mí.

Primer plano de manos tensas sobre un teclado de oficina en un ambiente laboral

Los domingos a la noche y ese nudo que no te deja comer

Antes de ese episodio en la oficina, la cosa ya venía mal. Durante las primeras semanas de otoño, empecé a notar un patrón que seguro a muchos les suena: el bajón del domingo. Pero no era solo tristeza porque se terminaba el finde, era algo físico. Tipo ocho de la tarde, me empezaba a aparecer esa sensación de nudo frío en la boca del estómago que aparece justo antes de abrir un correo electrónico con el asunto 'Urgente'. Me quedaba sentado en el sillón, mirando la tele sin ver nada, sintiendo cómo el pecho se me iba apretando. Si te pasa seguido, capaz te sirva leer lo que escribí sobre qué hacer con la ansiedad del domingo a la noche, porque ahí cuento cómo ese malestar me terminaba arruinando el arranque de la semana.

Lo peor era que ese nudo me sacaba de foco. El lunes llegaba a la oficina ya cansado, como si hubiera corrido una maratón mientras dormía. Mi rendimiento bajaba porque estaba más pendiente de mi respiración y de ese miedo a que me pasara algo que de los problemas reales de logística. Empecé a cometer errores pavos: un número mal puesto, un camión que mandé a la ruta equivocada. La inseguridad crecía y, claro, la ansiedad se alimentaba de eso. Es un círculo vicioso que si no lo cortás a tiempo, te termina convenciendo de que no servís para el puesto, cuando en realidad lo único que pasa es que tu sistema nervioso está saturado.

El error de querer 'calmarse' a la fuerza

Cuando empecé a buscarle la vuelta a esto, hice lo que hace cualquiera: busqué en Google. Me salieron mil ejercicios de respiración y consejos de 'mantené la calma'. Un martes por la tarde en la oficina, cuando sentí que el nudo en el estómago volvía, intenté hacer la famosa técnica de respiración 4-7-8. Ya sabés: inhalar en 4 segundos, aguantar 7 y largar en 8. ¿Sabés qué pasó? Me puse más nervioso todavía. Me concentraba tanto en contar los segundos y en 'hacerlo bien' que sentía que me ahogaba. Me frustré muchísimo porque pensaba que ni para respirar servía.

Ahí es donde entró un curso de Hotmart que estoy haciendo, uno que se llama 'Domina tu ansiedad'. El tipo que lo dicta explicaba algo que me voló la cabeza: el problema no es la ansiedad, sino tu resistencia a ella. Yo quería que la ansiedad se fuera YA, y ese esfuerzo por echarla generaba más estrés. El curso decía que intentar calmarte a la fuerza es como tratar de apagar un incendio con un ventilador. Lo que aprendí es que dejar de intentar calmar la ansiedad en el trabajo es, irónicamente, mucho más efectivo que las técnicas de relajación tradicionales. Si aceptás que el nudo está ahí, que es solo una reacción de tu cuerpo (el famoso sistema nervioso simpático activando la respuesta de lucha o huida), el nudo empieza a aflojar solo. No es magia, es dejar de pelear contra uno mismo.

Sendero tranquilo en el Rosedal del Parque San Martín de Mendoza bajo luz suave

Aprender a detectar el 'Nivel Dos' antes del estallido

Después de un mes de práctica constante, empecé a entender que la clave no es esperar a estar al borde del colapso para hacer algo. La ansiedad en el laburo es como una marea que sube. Si la agarrás cuando está bajita, en un 'nivel dos', es mucho más fácil de surfear que cuando ya te tapó el agua. Empecé a prestar atención a las señales sutiles: cuando empiezo a mover la pierna sin parar abajo del escritorio o cuando me doy cuenta de que estoy apretando los dientes mientras leo un presupuesto.

En esos momentos, en vez de obligarme a estar tranquilo, simplemente reconozco que estoy activado. Aplico lo que aprendí sobre el nervio vago y cómo la respiración diafragmática (esa que se hace con la panza, no con el pecho) puede mandarle una señal de calma al cerebro. Pero lo hago sin presión, como quien se toma un mate tranquilo. Aprendí que si la ansiedad sube, es porque el cortisol —la hormona del estrés— está haciendo su pico, que casualmente suele ser más alto en las primeras horas de la jornada laboral. Sabiendo eso, ya no me asusto tanto; entiendo que es química pura y que va a pasar.

El Parque San Martín como mi oficina de descarga

Algo que me cambió la vida, y que siempre recomiendo a los que me preguntan acá en Mendoza, es usar el Parque General San Martín. Tenemos la suerte de tener casi 400 hectáreas de verde en el medio de la ciudad y muchas veces no las aprovechamos. Empecé a hacerme el hábito de caminar por el Rosedal o cerca del Lago apenas salgo de la oficina, o incluso algunos días antes de entrar. La Organización Mundial de la Salud dice que hay que hacer unos 150 minutos de actividad física moderada a la semana para estar bien, y yo trato de meter esos minutos ahí, entre los árboles.

Caminar por el parque me ayuda a procesar lo que pasó en el día. Si tuve una reunión de esas que te dejan masticando bronca, caminar me baja las revoluciones. A veces, cuando el pecho se me cerraba de golpe por la tarde, me servía mucho salir a caminar diez minutos aunque sea por la vereda. Si sentís esa presión física, te sugiero que leas sobre qué hacer cuando sientes opresión en el pecho por el estrés del laburo, porque a mí me sirvió entender que no me estaba dando un bobazo, sino que era el cuerpo pidiendo pista. El verde del parque, el aire un poco más limpio y el movimiento constante son herramientas que tengo a mano y que no me cuestan un peso.

Cuaderno personal con notas manuscritas y anteojos sobre una mesa de madera

Un sistema para que el laburo sea solo laburo

Hoy, unos ocho meses después de aquel episodio que me asustó tanto, puedo decir que tengo un sistema que me funciona. No es que la ansiedad desapareció para siempre —el laburo de logística sigue siendo un quilombo y los camiones siguen llegando tarde—, pero ahora yo no me desarmo con cada imprevisto. El curso online me dio la estructura, pero la práctica diaria en Mendoza, las caminatas y el dejar de pelearme con lo que siento fueron lo que de verdad movió la aguja.

Si estás pasando por algo parecido, si sentís que el laburo te está ganando la pulseada y que el estrés te nubla el juicio, sabelo: se puede salir. Pero no trates de ser un gurú de la calma de un día para el otro. Empezá por reconocer que estás cansado, que estás ansioso y que eso no te hace menos profesional. Si ves que la cosa se te va de las manos y que ni caminando por el parque ni respirando lográs bajar un cambio, haceme caso y buscá a alguien que sepa. Hablar con un psicólogo o un terapeuta fue una de las mejores decisiones que tomé, porque yo te cuento lo que a mí me sirvió, pero cada cabeza es un mundo y a veces hace falta un profesional que te ayude a ordenar los cables. El laburo es importante, sí, pero no vale tu salud mental.

Cuidate, che. Nadie va a cuidar tu calma mejor que vos mismo.

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