Taller Calma

Cómo superar el sentimiento de culpa por no terminar todo el trabajo

2026.09.12
Cómo superar el sentimiento de culpa por no terminar todo el trabajo

Eran pasadas las seis de la tarde de un viernes de finales de agosto, de esos donde el frío de Mendoza se te mete en los huesos apenas baja el sol. Estaba solo en la oficina, el resto de los pibes ya se habían ido. Me quedé mirando el reflejo de la pantalla en el vidrio de la ventana: mi cara cansada y, de fondo, una lista de pendientes en el Excel que parecía no tener fin. Tenía ese peso en el pecho, una presión que ya conocía bien y que me decía que, si cerraba la compu ahora, era un irresponsable.

Sentía que me faltaba el aire, pero no por un problema físico, sino por la carga mental de todo lo que quedaba ahí flotando. El sonido metálico de las llaves al cerrar la oficina mientras el silencio del depósito me hacía sentir culpable por irme fue el recordatorio final de que, otra vez, me llevaba el laburo a casa, aunque no abriera la laptop. Esa culpa es una mierda, te carcome por dentro porque sentís que nunca sos suficiente, que siempre te falta un centavo para el peso.

Logística, planillas y el 90% que nunca alcanza

Trabajar en operaciones de logística tiene su mambo. Acá todo es para ayer. Manejamos el estándar OTIF (On-Time In-Full), que básicamente mide si entregamos todo a tiempo y completo. En la empresa andamos por el 90%, que para la industria es un numerazo, pero mi cabeza se quedaba pegada en ese 10% que faltaba. Me pasaba horas revisando por qué tal camión se demoró o por qué tal remito no se cargó, y si no terminaba de ver hasta el último detalle, sentía que le estaba fallando a todo el mundo.

Lo peor era el domingo a la noche. Estaba en el sillón, tratando de ver una serie, y de repente, ese nudo frío en el estómago cada vez que el celular vibraba con una notificación de correo me arruinaba el descanso. No importaba si era una pavada; mi cerebro ya estaba en modo alerta. Ahí es cuando te das cuenta de que el problema no es el tiempo, sino cómo te tomás el hecho de que el laburo, por definición, es infinito. Si buscás el final del arcoíris en una planilla de Excel, te vas a morir buscando.

Primer plano de una planilla de logística reflejada en los ojos de un hombre cansado

Fijate que hace unos meses, cuando estaba en las malas, me puse a hacer un curso que se llama Domina tu ansiedad. Al principio pensé que iba a ser puro humo, de esos que te dicen 'respirá profundo y todo va a estar bien'. Pero en un módulo hablaban de algo que me hizo clic: el Efecto Zeigarnik. Es un nombre raro para algo muy simple: nuestro cerebro tiene una tendencia natural a recordar mucho más las tareas interrumpidas o que quedaron a medias que las que ya terminamos. Por eso, cuando te vas a dormir, no te acordás de los cincuenta mails que contestaste, sino del único que dejaste para mañana.

El día que el Zonda me puso los puntos

A mediados de mayo tuvimos una tarde de mucho viento Zonda acá en Mendoza. Si vivís acá, sabés lo que es: el aire caliente, la tierra volando, el dolor de cabeza que te parte al medio. Ese día la oficina era un caos, se cortó la luz dos veces y los despachos eran un desastre. Me fui a casa con una lista de tareas que no había ni empezado. Me sentía para el perro, con la culpa dándome vueltas como un buitre.

En vez de quedarme encerrado rumiando, me puse la campera y me fui a caminar por los portones del Parque San Martín. El viento ya había parado un poco, pero el aire todavía estaba pesado. Caminando por esas calles arboladas, entendí algo que el curso mencionaba pero que yo no quería aceptar: mi culpa no era por falta de organización. Era porque mi sistema de productividad estaba diseñado para una capacidad humana que yo no tengo. Nadie la tiene. Queremos ser máquinas de eficiencia total y somos tipos de carne y hueso que se cansan.

Esa tarde decidí que mi valor como persona no se podía medir en filas de Excel completadas. Me costó un perú aceptarlo, y todavía hoy tengo días en los que me tengo que hablar fuerte para no caer en la misma trampa. Empecé a aplicar lo que el curso llamaba el 'cierre consciente'. Antes de irme, anoto tres cosas que sí hice bien y dejo por escrito qué es lo primero que voy a tocar mañana. Eso le da permiso a mi cerebro para soltar. Si te pasa que sentís que el pecho se te cierra por los pendientes, tal vez te sirva leer sobre cómo calmar el nudo en el estómago por ansiedad y estrés laboral, porque a veces el cuerpo avisa antes que la cabeza.

Herramientas chiquitas para no volverse loco

Después de un mes de práctica constante, empecé a notar que podía manejar mejor la frustración. No es que el laburo bajó, al contrario, pero yo ya no era el mismo frente a la pantalla. Una de las cosas que más me sirvió fue entender el ciclo biológico. El curso explicaba que el pico de cortisol matutino ocurre unos 30 minutos después de despertarnos. Si apenas abrís los ojos agarrás el celular para ver qué quedó pendiente del laburo, estás tirando nafta al fuego. Ahora, mi primera media hora es para el mate y mirar por la ventana, nada de pantallas.

También empecé a usar bloques de enfoque. La técnica Pomodoro dice que tenés que laburar 25 minutos y descansar cinco. Al principio me parecía una pérdida de tiempo, pensaba que en cinco minutos no hacía nada. Pero la clave no es el descanso, es obligar al cerebro a cortar la inercia de la ansiedad. Cuando suena el timer, me levanto, estiro un poco las piernas y vuelvo. Eso me ayuda a que la lista de tareas no se sienta como una montaña inalcanzable, sino como un montón de piedritas que voy moviendo de a una.

Sendero con hojas secas en el Parque San Martín de Mendoza durante el invierno

Otra cosa que me movió la aguja fue aprender a poner límites a jefes difíciles sin sentir culpa. En logística, si decís que sí a todo, te pasan por encima. Entendí que decir 'esto queda para mañana' no es ser un mal empleado, es ser un profesional que cuida su herramienta de trabajo más importante: su salud mental. Si me quemo, no le sirvo a la empresa ni me sirvo a mí mismo.

La aceptación de lo inacabado

Hoy, mientras caminaba de nuevo por el Parque, pensaba en lo mucho que me cambió la perspectiva. El laburo nunca se termina. Siempre va a haber un camión que llega tarde, una planilla que falta o un mail sin responder. La diferencia es que ahora puedo cerrar la oficina y, aunque escuche el ruidito de las llaves, no siento que me estoy escapando de un incendio. Siento que estoy volviendo a mi vida.

A ver, no te voy a mentir, no soy un gurú ni nada de eso. Soy un tipo de treinta y pico que se pegó un susto grande con los ataques de pánico y tuvo que aprender a la fuerza. Todo esto que te cuento es lo que me funcionó a mí, probando y errando. Si sentís que la culpa te está ahogando de verdad y que no podés ni levantarte de la cama, che, hablá con un profesional. Yo fui a terapia y fue una de las mejores decisiones que tomé, junto con los ejercicios que aprendí en lo que aprendí para relajar el sistema nervioso tras semanas de estrés.

Lo importante es que entiendas que no sos una máquina de OTIF. Sos un tipo que labura, sí, pero que también necesita dormir, ver a los amigos y estar tranquilo. La culpa es una mentira que nos contamos para creer que tenemos el control de todo. Soltá un poco el Excel, que el mundo no se va a caer si terminás esa tarea mañana a la mañana. Te lo digo yo, que estuve ahí y salí de a poquito.

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