Taller Calma

Cómo controlar la sudoración excesiva por ansiedad en reuniones del laburo

2026.09.19
Cómo controlar la sudoración excesiva por ansiedad en reuniones del laburo, escena de sala de reuniones en una oficina

La mancha en la camisa nunca me apareció donde yo la vigilaba: primero se marcaba a la altura de las costillas y mucho después en las axilas. Mi sudoración excesiva en reuniones fue, en mi caso, ansiedad laboral disfrazada de problema de ropa, con una buena dosis de inseguridad encima, y como a los hombres nos cuesta hablar de estas cosas, la cargué solo. El mito que quiero corregir acá es el más popular de todos: que esto se arregla tapándolo.

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Cuando nombro algún curso, el enlace puede llevar seguimiento: si te anotás desde ahí, Hotmart me reconoce una pequeña comisión y a vos no te sale ni un peso más. Igual, no aparece nada que no haya probado yo primero en la oficina; si no me sirvió sentado en mi escritorio, no te lo cuento.

El mito de la remera térmica y el calor que no es calor

Durante bastante tiempo creí que lo mío era una falla de fábrica en las glándulas. Leí por ahí que el porcentaje de población con hiperhidrosis ronda apenas el 3%, y yo estaba seguro de ser socio fundador de ese club. Si lo tuyo entra o no en esa categoría, lo define un médico, no un blog.

Probé lo que probaría cualquiera. Remeras térmicas debajo de la camisa, para que la tela frenara la humedad. Error. Lo único que logré fue cocinarme bajo los fluorescentes, y al terminar la presentación el aire acondicionado me pegaba contra la tela mojada, una sensación asquerosa que me hacía sentir el más desprolijo de la sala.

Tampoco me sirvió el camino de dormir mejor para llegar más tranquilo: tomé valeriana y melatonina un mes seguido y no noté ningún cambio real. (Si estás pensando en tocar algo así, pasalo primero por tu médico; lo cuento como algo que no me funcionó, no como una idea para copiar.)

Lo que me costó ver es que esa transpiración no tenía nada que ver con regular la temperatura. Mendoza es seca, y la humedad no era mi enemigo. Lo que pasaba es que el cuerpo estaba en modo alerta, como si en vez de explicarle una planilla al gerente tuviera un puma enfrente.

Un criterio que uso para distinguirlo: fijate cuándo arranca. En la sala vidriada de la empresa, con la calefacción a tope, el calor me subía por la nuca justo cuando alguien decía "¿Damián, tenés ese dato?". Solo en esa misma sala, con la misma calefacción, no me pasaba nada. Si a vos te sube el calor cuando te miran o cuando imaginás que te van a preguntar, mirá para el lado de los nervios y no para el del clima.

Mano nerviosa sosteniendo una lapicera sobre una planilla de logística, escena típica de ansiedad laboral antes de una reunión

Forzar la calma te hace sudar más

El curso que estaba haciendo, el de Reset Mental, planteaba algo que al principio me pareció una pavada: intentar controlar el sudor a la fuerza, con técnicas de relajación apuradas, suele salir al revés. ¿Viste cuando te decís "calmate, no transpires, que no se note"? Así lo viví yo: cuanto más me peleaba con el sudor, más ganaba el sudor. Ese esfuerzo por esconderlo me dejaba más alerta, no menos.

La regla que saqué de ahí es simple. El sudor no se ataca de frente; se baja el nivel de alerta de fondo. Si llegaba a la reunión ya pasado de rosca, cualquier pregunta me detonaba. Cuando otros síntomas aflojaban, como los mareos por estrés que me daban a veces, el sudor aflojaba con ellos. No fue magia. Fue dejar de pelearme con mi propio cuerpo delante de mis compañeros.

La respiración diafragmática la dejo para otro texto del sitio; lo único que te adelanto es que, usada como orden de último minuto en el baño de la oficina, a mí no me servía.

Para la parte de la inseguridad usé algo más corto, algo así como 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad. Es de formato breve y práctico, aunque está más centrado en autoestima que en ansiedad aguda, así que no lo tomes como reemplazo de nada. Me ayudó a ordenar una idea: yo sentía que todos miraban mis axilas o mi frente, cuando en realidad cada uno estaba en lo suyo, pensando en sus propios quilombos o en qué iba a almorzar. Esa sensación de estar rindiendo examen era la que me gatillaba el calor.

Dejar de buscar el desodorante mágico

Compré los productos más caros de la farmacia, esos que prometen 72 horas de protección. Humo total para alguien con ansiedad. Lo que me movió la aguja de verdad fue aceptar que, si transpiraba un poco, no pasaba nada. Suena re simple, pero para un tipo que se perseguía tanto como yo, costó bastante.

Fijate que el curso que más me ayudó, Reset Mental (con una calificación de 4.6 en Hotmart, por algo será), no da fórmulas mágicas. Enseña a mirar el estrés de otra manera y pide constancia diaria; sin eso no cambia nada, y tampoco reemplaza a un profesional cuando la cosa es intensa. Su idea es bajar la ansiedad de fondo, la que tenés incluso cuando no estás en una reunión. Yo le sumé algo por mi cuenta: aprender a calmar el nudo en el estómago, porque parece que todo está conectado y, cuando la panza está tranquila, el pecho se abre y el sudor no arranca tan fácil.

Rodrigo, mi amigo de la facultad, fue el primero al que se lo conté sin vueltas. Nos juntamos en la Plaza Independencia después de una tormenta de verano, con ese olor a tierra mojada subiendo de los canteros, y le solté todo lo de la camisa. No me dio ni un consejo, y yo tampoco se los pedí. Se quedó escuchando. Con eso alcanzó para notar que lo que más pesaba no era el sudor sino cargarlo callado.

Camisa de algodón colgada en una silla bajo luz natural suave, sin capas extra contra la sudoración por ansiedad

Mi regla para la ansiedad laboral en la próxima reunión

La regla es corta: no agrego capas, no discuto con el sudor y llego con la cabeza puesta en lo que tengo que decir. Antes de entrar dejo de revisarme la camisa en el reflejo del vidrio, que era mi manía, y me pregunto cuáles van a ser mis primeras frases. Si aparece el calor en la nuca, lo nombro para adentro ("bueno, ahí está") y sigo. Y si sé que la sala va a estar pesada, elijo una camisa sola, sin remera abajo.

Tuvimos una presentación brava con los gerentes, en uno de esos días de primavera en que el sol mendocino ya calienta fuerte. En otro momento habría ido con la remera de algodón abajo, que encima me daba más calor, y pegado a la pared para que nadie me viera la espalda. Esa vuelta acepté que quizás iba a sentir calor, no traté de frenar nada y me enfoqué en lo que tenía que decir.

En un momento levanté el brazo para señalar una planilla en la pantalla y lo hice sin pensar. Al salir me senté en el auto, dejé caer la espalda contra el respaldo y noté que los hombros se me habían bajado solos, sin que yo les pidiera nada. La camisa estaba seca. Fue un triunfo chiquito, de esos que no se le cuentan a nadie porque parecen una pavada.

La calma no es no transpirar nunca más. Es que no te importe si pasa, y cuando deja de importarte, muchas veces pasa menos.

Cuándo esto ya no es cosa de un blog

Ojo con generalizar: esto es lo que me sirvió a mí, un tipo de operaciones en una empresa de logística, no un médico ni un terapeuta. Si el sudor te aparece igual sin ninguna situación de estrés, si te pasa todos los días aunque estés tranquilo, o si sentís que te está arruinando la vida social o el laburo, no te quedes solo con lo que leés acá: hablalo con un profesional. Y si la cosa se pone muy oscura, no lo dudes y pedí ayuda ya.

Te escribo esto con el mate enfriándose al lado de la notebook. Lo que me devolvió un poco de paz en el escritorio fue dejar de pelearme con mi cuerpo, no ganarle. Puede que a vos te ayude otra cosa, y está bien.

Tenga en cuenta:
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