
Eran las tres de la tarde de un lunes de cierre de mes, de esos donde el calor en Mendoza te aplasta hasta las ideas. Estaba en la oficina de logística, tratando de explicarle a un fletero por qué un camión seguía trabado en Desaguadero, cuando pasó: el párpado izquierdo me empezó a saltar. No era un pestañeo normal, era un saltito rítmico, como un latido fuera de lugar, justo mientras las planillas de Excel se me borroneaban ante los ojos por el cansancio acumulado.
Sentí que el tipo me miraba fijo y que se renotaba. Me dio una vergüenza total. Viste cuando creés que tenés un cartel luminoso en la cara que dice "este pibe está por colapsar"? Bueno, así. Ese fue el comienzo de una racha de varias semanas donde ese tic se volvió mi sombra. Si estás leyendo esto porque te pasa lo mismo, quedate tranquilo que no te vas a quedar ciego ni te está dando un ACV, pero sí, es una señal de que el cuerpo te está pidiendo pista.
El saltito que no te deja en paz
Después de ese lunes, el temblor persistió durante días. Yo al principio pensé que era algo en el ojo, una basurita o el lente de contacto que me estaba jodiendo. Pero no. Era algo interno, una vibración eléctrica que aparecía cuando más presión sentía. Me acuerdo que en una videollamada con mi jefe sentí la necesidad impulsiva de taparme el ojo con la mano para que nadie viera el espasmo incontrolable. Me hacía el que me rascaba la frente, cualquier cosa para que no se dieran cuenta de que mi párpado tenía vida propia.
Lo que me pasaba, y que después aprendí buscando info, es que mi cuerpo estaba gritando por el agotamiento de años en el mismo escritorio. A veces uno se acostumbra a vivir con el pecho cerrado, pero el ojo no miente. Ese saltito tiene un nombre médico que suena a hechizo de Harry Potter: mioquimia palpebral. Básicamente, son contracciones involuntarias del músculo del párpado. Es el estrés crónico haciendo que la adrenalina y la noradrenalina hiperexciten los nervios de esos músculos chiquititos.
En esos días, me sentía tan pasado de rosca que incluso llegué a tener esos mareos por estrés y ansiedad en la oficina que te hacen sentir que el piso se mueve. Era un combo completo: el ojo saltando, la cabeza abombada y la sensación de que no llegaba a cumplir con nada. Me pasaba horas buscando remedios rápidos en internet, pero la verdad es que no hay una gota mágica que te saque el estrés de encima de un plumazo.
Por qué masajearlo es lo peor que podés hacer
Acá es donde me mandé la primera macana. Como me ponía nervioso que el ojo saltara, me lo refregaba todo el tiempo. Pensaba que si lo masajeaba fuerte o me ponía paños calientes, el músculo se iba a relajar. Error total. Me di cuenta de que intentar relajar el párpado activamente suele empeorar el temblor. ¿Por qué? Porque aumentás la autoconciencia de la zona y la irritación mecánica del músculo. Cuanto más me tocaba el ojo, más saltaba. Era como si el párpado se pusiera más rebelde cuanto más atención le daba.
En un curso que hice hace un par de meses sobre bienestar integral, explicaban justamente que la fijación en el síntoma es lo que alimenta la ansiedad. Si estás todo el tiempo fijándote si te salta o no, el cerebro manda más señales de alerta a esa zona. Aprendí que la mejor técnica para que el ojo deje de joder es, irónicamente, dejarlo en paz. No es fácil, obvio. Te dan ganas de apretarlo para que se quede quieto, pero fijate que si lográs ignorarlo un rato, el espasmo suele aflojar solo.
También me pasaba que al sobrepensar tanto el tema, me costaba un huevo concentrarme. Si te sentís así, te recomiendo chusmear lo que escribí sobre cómo dejar de sobrepensar en el trabajo y recuperar el enfoque, porque el tic en el ojo es el rey de las distracciones cuando estás ansioso.
La regla del 20-20-20 y el bendito magnesio
Después de tres semanas de mucho café (me tomaba como cuatro espressos por día, calculá que cada uno tiene unos 63 mg de cafeína), entendí que tenía que cambiar algo en serio. El curso que estaba siguiendo decía que la fatiga visual es uno de los disparadores más grandes del temblor. Como trabajo con planillas de logística ocho horas al día, mis ojos no descansaban nunca.
Empecé a aplicar la regla 20-20-20 que recomiendan los que saben de salud visual: cada 20 minutos, mirá algo que esté a 20 pies (unos seis metros) durante al menos 20 segundos. Parece una pavada, pero para alguien que vive pegado al monitor, es un alivio tremendo. Al principio me ponía una alarma en el celu porque me olvidaba, pero después se me hizo costumbre. Aprovechaba esos 20 segundos para respirar hondo, de esas respiraciones que al principio me salían para el traste pero que después me ayudaron a bajar un cambio.
Lo otro fundamental fue el tema del magnesio. Resulta que la falta de este mineral puede hacer que los músculos se pongan más espasmódicos. La ingesta diaria recomendada para hombres adultos es de unos 400-420 mg, y yo con mi dieta de sándwiches en la oficina seguro que no llegaba ni a la mitad. Empecé a meter más frutos secos, espinaca y a fijarme un poco más en lo que comía. No fue un cambio de un día para el otro, pero a las dos semanas de cuidar la fatiga visual y la alimentación, el saltito empezó a ser menos frecuente.
Cambiar el café por una vuelta por el Parque
Otra cosa que me movió la aguja de verdad fue el tema de la cafeína. Yo creía que el café me ayudaba a rendir más, pero en realidad me estaba manteniendo en un estado de alerta constante que me detonaba el ojo. Decidí cambiar el cuarto café del día por una caminata breve por el Parque San Martín cuando salía de la oficina. Vivir en Mendoza y no aprovechar el parque es un pecado, y a mí me servía para limpiar un poco la cabeza.
Esos momentos de caminata me hicieron entender que el temblor no era el problema, sino el síntoma de que estaba viviendo al palo. Empecé a notar que cuando caminaba y miraba los árboles (lejos, nada de pantallas), el ojo no me saltaba nunca. El problema era la oficina, el encierro y la presión. A veces, el mejor remedio para el ojo es simplemente salir de donde estás.
Incluso, en las épocas de más tensión, empecé a notar que no solo me saltaba el ojo, sino que también apretaba los dientes como un loco. Si te pasa eso de sentir la cara rígida, fijate lo que conté sobre cómo relajar la mandíbula por estrés tras meses de mucha tensión, porque todo está conectado. El cuerpo es una sola unidad y cuando el estrés desborda, sale por donde puede.
Esto no es magia, es mantenimiento
Hoy, después de unos ocho meses de haber pasado por ese pico de estrés, el ojo casi no me salta. Alguna vez, si duermo muy mal o si tengo un quilombo grande con algún flete, vuelve a aparecer un poquito, pero ya no me asusta. Sé que es mi cuerpo avisándome: "Che, Damián, bajá un cambio que nos estamos pasando de revoluciones".
No encontré una pastilla mágica ni una técnica de gurú que me salvara. Fue un laburo de hormiga: respetar la regla 20-20-20, bajarle al café, caminar por el parque y entender que mi salud vale más que cerrar una planilla diez minutos antes. A veces nos olvidamos de que somos humanos, no máquinas de logística.
Ojo, yo te cuento esto como un amigo, desde mi experiencia en el escritorio y las caminatas. No soy psicólogo ni médico. Si ves que el temblor no se te pasa con nada, o si se te empieza a cerrar el ojo del todo o te duele, no seas dejado y hacé una consulta con un profesional. A veces hace falta una mirada clínica para descartar otras cosas o para que te den una mano más firme con la ansiedad. No tiene nada de malo pedir ayuda cuando la cosa se pone espesa.
Al final, la calma es como la logística de la empresa: requiere mantenimiento diario, previsión y, sobre todo, saber cuándo hay que parar el motor para que no se funda. Cuidate, fijate cómo estás durmiendo y dale un respiro a esos ojos, que los vas a necesitar para ver las cosas buenas que también pasan, aunque a veces el estrés no nos deje verlas.
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